Dado que os gustó mi recital de Esto es por las enfermas mentales, os traigo ahora en voz alta un texto lleno de inconformismo (unos dirán que es bueno, otras que es malo, a mí me parece necesario para avanzar) que refleja mis emociones ante este mundo y mi realidad como lesbiana y mujer arco iris. Espero que os llegue tanto como a mí el grabarlo.
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viernes, 11 de diciembre de 2015
sábado, 21 de noviembre de 2015
El mundo no es nuestro, pero salimos a la conquista
Las calles no son nuestras. Las calles son vuestras y las infestáis
de miedo y vergüenza.
Estoy hasta el coño de no poder andar de la mano de otra
mujer sin escuchar a gritos vuestra lesbofobia. Estoy hasta el coño de no poder
besar a otra mujer sin que ancianos nos sigan como quien se cambia de fila en
un cine porno. Estoy hasta el coño de no poder despedirme en el metro de otra
mujer sin que un señor se queje de la indecencia de los jóvenes. Estoy hasta el
coño de que vuestras miradas nos taladren, vuestras palabras nos asusten y
seamos siempre nosotras las que acabamos apretando el paso para huir de
vuestros juicios y prejuicios. Mis amigas están nerviosas porque no saben qué
ponerse para su cita; yo estoy nerviosa porque no sé qué nos pasará si nos
cogemos públicamente de la mano. Cuidado, tenemos suficiente rabia acumulada
como para prenderles fuego a las calles que hace tanto que nos robasteis.
Los colegios no son nuestros. Los colegios son vuestros y
los infestáis de odio y soledad.
Me odio a mí misma por haber mantenido la mirada baja en los
vestuarios por miedo a que me pillaran mirando a otra chica, porque las
bolleras dan igual en el patio pero dan asco entre nosotras. Me odio a mí misma
por no haber respondido cada vez que alguien usaba “maricón” como insulto. Me
odio a mí misma por no haber callado cada boca que reía ante la palabra “travesti”
como si la mera existencia de mis hermanas trans fuera un chiste de sangriento
desenlace. Me odio a mí misma por no poder rescatar a las miles de niñas que
acuden a las aulas cada día como quien pone un pie en el purgatorio, que temen
los pasillos de sus institutos como los ciervos temen la veda abierta de caza y
miran suplicantes a profesoras que no son más que abogadas del diablo. Me odio
a mí misma porque hay días que odiar este mundo que sacrifica a sus pequeñas
por ser diferentes es demasiado agotador y es más fácil dirigir mi rabia hacia
mi reflejo en el espejo por no poder pararlos.
Los hogares no son nuestros. Los hogares son vuestros y los
infestáis de orfandad y rechazo.
Cuando salgo del armario con mis padres lloro de alivio
porque ni tan siquiera sabía qué pensaban ellos de las lesbianas; nunca había
oído esa palabra dicha en voz alta en mi casa. Me tengo que considerar
afortunada porque no me bastan los dedos de las manos para contar las amigas
que tengo que lloran de desesperanza, de abandono, lágrimas pesimistas
avistando un futuro sin padres que te quieran como eres. Una madre que necesita
días para asumirlo es un buen pronóstico porque hay otras que no lo lograrán
nunca. La posibilidad de que las echen de casa es algo a barajar; menos mal que
nosotras hemos aprendido a hacer hogares de los brazos de nuestras hermanas. Mi
mejor amiga es bisexual y sus padres me siguen queriendo tal como soy pero no
son capaces de hacer lo mismo con ella, porque una cosa es que el pecado camine
por nuestras calles y otra muy distinta que viva en nuestras casas. Mi otra
mejor amiga es bisexual y si sus padres ya no aprueban el lesbianismo a saber
qué piensan de la bisexualidad, si eso es solo vicio. A los 15 años me duermo
llorando porque a un amigo de un amigo su padre lo apalea por ser maricón. A los
17 me duermo con pena porque tengo amigas a las que sus padres intentan
constantemente convencer de que sus religiones no son compatibles con los siete
colores del arco iris de sus almas.
Nada es nuestro. Quiero chillarles que hay días que me dan
igual los matrimonios y las banderas colgando de sus ayuntamientos mientras nos
sigan dando el suicidio a cucharadas con los cuentos de príncipes y princesas
que nunca, nunca se enamoran de sus doncellas. Quiero chillarles que hay días
que me dan igual los Orgullos; no tienes tiempo para enorgullecerte cuando te
paraliza el miedo al pervertido que os sigue por la calle. Por no ser, no son
mías ni mis manos cuando aprietan las de ella para recordarle que aunque sus
ojos y palabras se claven en nosotras, en nuestros cuerpos y traseros, estamos
juntas en esto. Por no ser, no es mía ni mi boca cuando besarla es el comienzo
de un interrogatorio sobre cómo follamos las lesbianas. Porque es impensable
que se produzca un orgasmo en ausencia de un pene, porque es impensable que una
de nosotras sí tenga pene, porque es impensable que pueda querer a otra mujer
para algo más que follar.
¿Acaso vosotros solo las queréis para follar y por
eso estáis tan desesperados por saber cómo “nos las arreglamos” para hacerlo?
Pero como leí hace poco, “Que este mundo no esté construido
para nosotras no quiere decir que no sea nuestro para conquistarlo”.
¿Que no
tenemos nada? Mentira, tenemos un mundo entero que conquistar. Cogidas de la
mano, con tanta fuerza que a veces pienso que somos una, que bebes de mi boca y
yo me pierdo en la tuya. Que se queden con sus medias naranjas, que igual que
no necesitamos su aprobación para besarnos, no necesitamos sus metáforas de
posesión para hablar de amor. Nosotras somos naranjas enteras, lirios entrelazados
floreciendo, la verdadera revolución del amor y del sexo.
Nunca ha habido una revolución tan romántica. Nunca nadie
nos ha podido parar. Llevamos tantos siglos como siglos vamos a durar.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Me levanto sabiendo que me espera un mundo que no es para mí
Me levanto sabiendo que me espera un mundo que no es para
mí. Un mundo que no tiene suficiente espacio para mí. Un mundo que me obliga a
empequeñecer y a callar porque mi voz, esta voz con la que nací que grita y
llora y susurra y explica, es demasiado molesta. Un mundo que prefiere taparse
los oídos a escucharme, mirar hacia otro lado a verme.
Me levanto sabiendo que me espera un mundo que me miente. Un
mundo que me dice que sí, que me acepta y me quiere en su seno, que tengo
derechos y soy digna de un nombre y una vida a mi altura. Un mundo que me
cuenta un cuento tan bonito mientras cuchichea historias de miedo al oído de
las niñas que son como yo. ¿No es consciente acaso de que los monstruos de sus
fábulas también son como yo?
Me levanto sabiendo que me espera un mundo que tan sólo me
tolera. Un mundo que ha asumido que existo y que molesto pero que hace todo lo
posible porque no haya más como yo aquí. Me levanto y se me rompe el corazón,
ya a primera hora del día, por todas las niñas que crecen intentando encajar en
un mundo que nunca se construyó para ellas. Por todas las niñas que se arrancan
partes de sí, que destiñen porque los colores del arco iris son demasiado
brillantes para este mundo en blanco y negro.
Me levanto sabiendo que este mundo que se ofrece a
mantenerme viva es el mismo que intenta matarme mientras duermo. Me levanto
sabiendo que este mundo en que puedo casarme es el mismo mundo que se resiste a
dar asilo a una refugiada lesbiana perseguida en Camerún. Me levanto sabiendo
que este mundo en que es ilegal perseguirme por ser como soy es el mismo mundo en
que quinceañeras se desangran con sus propias manos por ser como soy, porque
nadie les ha dicho que sí, se puede ser así, porque no hay nadie en los
colegios y las casas y los clubes que les explique que siendo así se puede
llegar a adulta. Porque ya no existe la homofobia pero sí los padres homófobos,
al parecer, y la ley se queda a las puertas de casa. Y del instituto. No sé
cómo les extraña que acabemos dándonos a la bebida.
Me levanto sabiendo que este mundo en que dos hombres ya
pueden andar de la mano es un mundo en que lo que yo soy cuando ando de la mano
de otra mujer no es más que un fetiche, una categoría de página web
pornográfica, un nuevo juguete para su consumo. En que sus manos y sus palabras
recorren mis pechos y mi trasero en busca de los rastros que han dejado otras
mujeres.
Me levanto sabiendo que este mundo en que ya es ilegal
intentar curarme en una clínica es el mismo mundo en que hay hombres
arreglándoselas para creer que pueden arreglarnos de un polvo. Me levanto sabiendo que lo
hago en un mundo en que ha sido necesario acuñar la expresión “violación
correctiva”. Me levanto sabiendo que este mundo en que lo que yo soy ya no
necesita de medicinas es el mismo mundo en que mis hermanas trans pasan años en
las manos de psiquiatras solo por existir de la forma en que lo hacen. Me levanto
sabiendo que este mundo que es peligroso para mí es directamente mortífero para
mis hermanas bisexuales, que les roba la salud y el sexo y la vida poco a poco
pero de forma certera.
Me levanto recordando a todas las muertas que murieron
porque yo pueda vivir como vivo. Me levanto recordando un tiempo en que las
mujeres como yo ardían en la hoguera por penetrarse unas a otras mediante
objetos fálicos, en que se aplicaba la castración química a los hombres como yo.
Me levanto sabiendo que aunque yo jamás contraiga el SIDA seguiré estrechamente
ligada a la historia de esta enfermedad a la que arrojaron a tantos de mis
hermanos. Me levanto sabiendo que a la revolución de Stonewall le debo poder
tomar la mano de una mujer sin miedo a la policía (a mí se me permite temer tan
solo al resto de personas que nos rodeen).
Me levanto con la cabeza llena de recuerdos, así como de
sueños de un futuro distinto. Me levanto orgullosa, que no agradecida, por todo
el terreno que les hemos ganado; no les voy a dar las gracias por regalarnos
nada porque nada nos han regalado, todo lo que tenemos se lo hemos arrebatado
luchando. Me levanto orgullosa y sin embargo no tengo suficiente. No creo que
nunca vaya a tener suficiente, tendría que vivir más tiempo para poder estar
conforme con algo.
Porque enorgullecernos del mundo que hemos conquistado no
puede cegarnos a la realidad de que sigue sin ser un mundo construido por y
para nosotras. Tenemos que levantarnos todas las mañanas y ser conscientes de
que esto no se ha acabado, de que ni siquiera ha empezado, de que nuestras niñas
se odian y sus padres alimentan ese odio a base de comentarios
bienintencionados y silencios cómplices. De que los colegios son pastos en
cacerías y las calles terrenos hostiles.
Me levanto en un mundo que es un poco más mío que ayer,
anteayer y hace dos siglos pero que sigue sin ser por y para mí. Me levanto
sabiendo que ya he llorado suficiente y si mi voz molesta es por algo.
Me levanto lamentando todas las lágrimas que he llorado por
ser como soy. Me levanto orgullosa de que la rabia contra mí misma se haya
convertido en rabia contra este mundo que no es para mí.
Me levanto jurándome que no me voy a conformar con un alto
al fuego. Que pienso luchar hasta ganar esta guerra.
lunes, 9 de noviembre de 2015
Carta a las Lesbianas Primerizas
Crecer y darte cuenta de que no eres lo que te han educado
para ser es complicado. Crecer y darte cuenta de que no sabes nada de lo que
eres lo es todavía más.
Esto es exactamente lo que implica el darse cuenta de que
una es lesbiana, por norma general. De repente, un día, brota la chispa de la
duda; ¿y si me gustan las chicas? Y revisas tus recuerdos, y vas viviendo
nuevas experiencias, y llega un momento en que la realidad es innegable: te
gustan las chicas. Y sólo las chicas.
No eres heterosexual. Tus historias de amor, si es que las
lesbianas viven historias de amor de las de toda la vida, no se parecerán nunca
a nada de lo que has leído en los libros, visto en las series y las películas.
Nunca tendrás un beso de los que se proyectan en los finales felices en el
cine. Nunca tendrás una boda como la de tu madre, tus abuelas y probablemente
todas los que vinieron antes. Ni siquiera sabes si podrás tener hijas.
Darte cuenta, más rápido o más despacio, más pronto o más tarde, de que eres lesbiana implica encontrarte perdida en medio del mar cuando esperabas atracar en una orilla conocida. Implica quedarte sin muelle ni puerto. Implica no saber quién eres ni qué será de ti.
Porque no se trata solo de que las parejas del mismo sexo no
aparezcan en la cultura, en los medios, en la educación, en las charlas
cotidianas, en el día a día como lo hacen las heterosexuales. No se trata solo
de que no eres quien creías que eras.
Se trata, también, de que lo que tú eres no existe a los ojos de la sociedad; las lesbianas
somos, lo hemos sido siempre, invisibles.
Leed la página de Wikipedia sobre homosexualidad en España.
Leed libros. Leed noticiarios arco iris. Los hombres gais llenan los titulares;
se sabe qué son, se sabe que se quieren, se sabe cómo follan y se sabe cómo se
les trata. Nadie piensa que dos hombres que se dan la mano sean amigos
platónicos. Nadie acosa sexualmente a dos hombres que se dan la mano porque
nadie sexualiza para su consumo propio a dos hombres que se dan la mano.
Pero el amor entre mujeres ha sido invisible a lo largo de
la Historia. Dado que nuestros escarceos sexuales estaban permitidos por servir
al placer masculino, se ha hecho la vista gorda hacia estos mientras no
implicaran la penetración mediante objetos fálicos. Dado que el amor entre
mujeres era tan fácil de confundir con una tierna amistad, todavía se discute
si los antiguos “matrimonios de Boston” entre mujeres no serían vínculos
meramente platónicos libres de un componente romántico y sexual.
No tenemos personajes históricos. No tenemos referentes.
Pero sí nos tenemos las unas a las otras. Tenemos, si
ahondamos en la Historia, la confirmación de que las lesbianas (o, como mínimo,
las mujeres que amaban a otras mujeres) hemos existido siempre; tenemos a
nuestro alrededor, seamos o no conscientes de ello, a otras muchas mujeres que
aman a mujeres hoy en día.
Cuando yo empecé a plantearme que era lesbiana, tenía 11
años. Ni siquiera hacía mucho tiempo que había descubierto el significado de
esa palabra. Nunca había visto a dos chicas besarse. No tenía ni idea de si el
amor entre dos mujeres era posible, factible, de si una historia así podía
acabar bien. Tenía una imagen heterosexual de cómo sería mi primera relación,
mi primera vez, mi futuro al lado de alguien (si es que encontraba a este
alguien).
El proceso de ir aceptando mi sexualidad duró hasta los 15 y
fue duro, pero eso no viene a cuento ahora mismo. A los 15 años empecé a salir
del armario con mi familia y amigas y no tenía ninguna amiga lesbiana ni
bisexual que viviera en la misma ciudad que yo; seguía sin haber visto a dos
chicas besarse, nunca; todo lo que conocía era el mundo de los hombres gais. De
hecho, recuerdo con claridad cómo ver a dos chicos cogidos de la mano me
producía ternura y aceptaba con naturalidad el sexo anal en las historias de
mis amigos, pero me avergonzaba de mí misma cuando me pillaba mirando a otra
chica.
Salir del armario es un proceso catatónico, emotivo, que en
mi caso fue afortunadamente positivo al cien por cien. Sin embargo, tenía mis
dudas, tenía mis miedos, y por eso ahora estoy escribiendo lo que me gustaría
haber leído o escuchado en alguno de los años entre mis 11 y mis 15. Cuando me
daba cuenta de quién era yo sin saber bien quiénes eran esas que eran como yo.
A las niñas, jóvenes y no tan jóvenes que desean salir del
armario, con ellas mismas o con los demás, como lesbianas os escribo esta
carta.
No hay un límite de tiempo para salir del armario. Nunca
eres demasiado joven para salir
del armario porque salir del armario no implica grabar en piedra tu identidad para toda la vida; puedes volver a salir del armario, puedes cambiar de idea, puedes identificarte con la etiqueta que quieras mientras tú estés cómoda porque tu identidad es, ante todo, tuya.
del armario porque salir del armario no implica grabar en piedra tu identidad para toda la vida; puedes volver a salir del armario, puedes cambiar de idea, puedes identificarte con la etiqueta que quieras mientras tú estés cómoda porque tu identidad es, ante todo, tuya.
Nunca eres, tampoco, demasiado mayor para salir del armario;
ha habido lesbianas que vivían toda su vida al lado de hombres, que se casaban,
que tenían hijos y a los 40 años o incluso después salían del armario. Digan lo
que digan las demás, tengas la edad que tengas, solo tú puedes determinar si es
el momento correcto para salir del armario.
No hay, tampoco, un currículum de lesbiana necesario para
salir del armario. Da igual que no hayas tenido tu primer beso, ni con una chica
ni con nadie; da igual que seas virgen; da igual que nunca hayas tenido novia.
Si eres joven, es normal que todavía no hayas encontrado a nadie; y, tengas la
edad que tengas, es normal que todavía no hayas encontrado a alguien que te
guste, que sea como tú y a quien encima le gustes tú también. Yo salí del
armario antes de mi primer beso, y no pasó nada.
Y, si es al revés, si has estado casada con un hombre muchos
años, si eras la que cambiaba de novio como de bragas en el instituto o estabas
convencida de que lo amabas; también es igual de válida tu orientación sexual. Experimentar,
confundirse, cambiar de idea son fases totalmente válidas de la vida en general
y de la adolescencia en particular. En tu caso, además, te has visto
condicionada por una sociedad y una cultura para la que lo que tú eres
prácticamente no existe; y, cuando existe, es como mono de feria, como pecado,
como producto de consumo masculino.
Recuerda: ser lesbiana es algo que gira alrededor de quien
tú eres realmente, no de con quién sales o con quién te acuestas.
Por otro lado, salir del armario no equivale en absoluto a
meterse de cabeza en el mundo lésbico. Dependiendo de cuán grande y moderna sea
la ciudad donde vives, del ambiente lésbico que haya y de las personas de las
que te rodees, vivirás unas experiencias u otras. Tu vida no tiene por qué ser como
tu serie favorita de lesbianas. No necesitas una ristra de ex novias, ni
haberte enrollado con todas tus amigas bolleras, para validar tu orientación
sexual.
Ser lesbiana es algo mucho más solitario de lo que nos
cuentan, y aunque serás afortunada (y deberías intentarlo si tienes esa
posibilidad) si te rodeas de amigas bisexuales y lesbianas y tienes lugares a
tu alcance donde socializar y ligar, las relaciones a distancia, la soltería y
las citas a través de aplicaciones informáticas para conocer a otras chicas
como tú son lo más normal del mundo. No te avergüences.
Haber salido del armario no implica tampoco que a partir de
ahora tengas que llevar escrita en la frente tu orientación sexual. No
necesitas cambiar tu forma de vestir, tu peinado ni tu forma de andar (hasta
tan lejos llegan los estereotipos) para ser una lesbiana más convincente;
cualquier otra chica que dude de tu identidad porque lleves el pelo más largo,
te gusten las faldas y seas más típicamente “femenina” es una chica que no vale
la pena. Las lesbianas femme han
participado de la sociedad y la cultura lésbicas desde los inicios de estas.
Pero si es al revés, si estar orgullosa de lo que eres te
lleva a querer seguir la estética que ha sido nuestra desde siempre (la de las butches y las tomboys alrededor del mundo), o si sencillamente lo que te gusta es
ser más típicamente “masculina”: a por ello. La cabeza rapada, las camisas de
cuadros o los calzoncillos no son patrimonio exclusivo de los hombres. Tu
vestimenta o tu forma de ser no te hacen menos mujer porque ser mujer es mucho
más que una vestimenta o una forma de ser.
Y tampoco estás “cayendo en el estereotipo”; el estereotipo
lo han creado las personas heterosexuales para identificarnos con mayor
facilidad y poder tacharnos de lo que sea que nos tachen los homófobos, y tú
eres libre de moverte dentro y fuera de él sin perpetuar nada.
Sin embargo, nada de lo que he dicho antes es tan importante
como lo que voy a decir
ahora: no te sientas en absoluto obligada a salir del armario. Salir del armario no es el deber de nadie que no sea heterosexual; esta idea perpetúa el tópico homófobo de que somos infiltradas, de que somos nosotras las que nos ocultamos y no la sociedad la que nos etiqueta a la fuerza y presupone erróneamente lo que somos.
ahora: no te sientas en absoluto obligada a salir del armario. Salir del armario no es el deber de nadie que no sea heterosexual; esta idea perpetúa el tópico homófobo de que somos infiltradas, de que somos nosotras las que nos ocultamos y no la sociedad la que nos etiqueta a la fuerza y presupone erróneamente lo que somos.
Tenemos como sociedad el deber de acabar con la heteronorma,
de que algún día futuro salir del armario ya no sea necesario porque no exista
ningún armario (porque, como dice Denise Frohman, el salón será por fin un espacio
compartido y dejaremos de sentirnos como invitadas en nuestra propia casa).
Por supuesto, mientras tanto es perfectamente lógico que
desees salir del armario, vivir sin mentiras o medias verdades, ser
abiertamente quien tú eres. Pero lo que intento decir es que no es un proceso
que debas acelerar porque tus amigas te presionen para hacerlo, porque sientas
que engañas a los demás o porque te amenacen con contarlo ellos por ti si no lo
haces (sí, hay gente que hace esto).
Salir del armario puede ser muy liberador para ti, puede
mejorar tu calidad de vida y tu salud mental, pero también puede conllevar
muchos peligros: el rechazo familiar, la reticencia de las amigas y, en casos
extremos, que te echen de casa o te acosen en tu centro de estudios.
Por eso, salir del armario tiene que ser algo que hagas,
tras sopesar los posibles pros y contras, porque es lo que tú y sólo tú quieres
hacer ahora mismo.
Eres lesbiana. O bisexual. O trans. O pansexual. O queer. Eres una chica arco iris. Las mujeres y las chicas como tú hemos existido siempre, existimos ahora, al mismo tiempo que tú y en los mismos lugares, y seguiremos existiendo siempre. Nos amamos las unas a las otras, cuidamos de las nuevas generaciones y serviremos de modelo para las futuras. Tenemos una historia, aunque haga falta rebuscar entre los secretos de la oficialidad para dar con ella. Tenemos un pasado, duro, de ilegalidad, de violencia y de estigma, pero también de amor, sororidad y lucha. Parecemos invisibles pero en realidad llevamos los siete colores del arco iris tatuados y nos reconoceremos las unas a las otras vayamos donde vayamos.
No estamos solas. No estás sola, aunque así te sientas. Miles de mujeres como tú, alrededor del mundo, ahora y siempre, estamos contigo.
Eres lesbiana. O bisexual. O trans. O pansexual. O queer. Eres una chica arco iris. Las mujeres y las chicas como tú hemos existido siempre, existimos ahora, al mismo tiempo que tú y en los mismos lugares, y seguiremos existiendo siempre. Nos amamos las unas a las otras, cuidamos de las nuevas generaciones y serviremos de modelo para las futuras. Tenemos una historia, aunque haga falta rebuscar entre los secretos de la oficialidad para dar con ella. Tenemos un pasado, duro, de ilegalidad, de violencia y de estigma, pero también de amor, sororidad y lucha. Parecemos invisibles pero en realidad llevamos los siete colores del arco iris tatuados y nos reconoceremos las unas a las otras vayamos donde vayamos.
No estamos solas. No estás sola, aunque así te sientas. Miles de mujeres como tú, alrededor del mundo, ahora y siempre, estamos contigo.
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