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miércoles, 26 de septiembre de 2018

Entrevista: Irene Ruiseñor, poeta y activista

Os traigo una entrevista con Irene Ruiseñor (Twitter / Instagram / Blog). Se llama Irene Gallego y su alter ego es Ruiseñor. Es poetisa, guitarrista y cantautora, estudiante de Estudios Ingleses en la Complutense, además de activista feminista, LGTB y de salud mental.
Ruiseñor apareció tras meses de tratamiento en el hospital por anorexia nerviosa restrictiva y se convirtió en sus labios, que no eran capaces de pedir ayuda; Ruiseñor lo hizo a versos. 
Ruiseñor ha sido su único mecanismo de supervivencia sano. El único que no le ha dejado ni deja cicatrices, muerte y estragos en ella. Ella es la negrura, Ruiseñor la negrura plasmada en papel, intentando buscar algún retazo de blanco.


·¿Cuál es o debería ser el objetivo, o los objetivos, del feminismo en la actualidad? ¿Qué ha supuesto para ti acercarte al feminismo en tu vida, qué cambios, atisbos de nuevas realidades (o realidades que aún no conocías...)?

El feminismo se podría describir como levantarse cada día de la cama, siempre aprendes algo nuevo. El feminismo es un aprender y desaprender continuo. Sobretodo desaprender lo que esta sociedad cisheteropatriarcal nos ha grabado a fuego en la piel. Por eso (a diferencia de décadas atrás, cuando nuestras precursoras nos dieron mil avances como herencia), nuestro cometido es luchar de manera radical —independientemente del movimiento con el cual nos sintamos más identificadas—, como bien dice la palabra, de raíz, y de esa manera extraer esos cánones, roles y misoginia interiorizada, siempre de manera interseccional, apoyando a todo tipo de mujeres, sea cual sea su situación/condición. En esa parte sí que deberíamos parecernos a nuestras precursoras; el feminismo no deja de ser una lucha, y como toda lucha, ha de hacerse su hueco en la sociedad y ahí, de manera drástica, radical, hacerse oír. "Las feministas de antes no hacían tanta tontería...". Y quizá por eso deberíamos parecernos a ellas, lanzar piedras a escaparates, marear al sistema, destrozarlo y reconstruirlo desde cero. 

Gracias al feminismo he sido capaz de crecer como persona y conseguir corregir en la medida de lo posible los pensamientos de algunos de los trastornos que llevo arrastrando desde hace años, ese que no es más que el fruto de lo que la sociedad nos ha inculcado: el trastorno alimenticio. Sé que, como en la mayoría de recuperaciones de enfermedades mentales, el mérito no es más que mío, pero aprender y comprender que todo lo que me decía la televisión, las revistas, las tiendas y sus tallas, era otra manera de controlarnos. De que fuéramos otra vez la marioneta de la historia, moldeadas de manera "perfecta" a antojo de los gustos de ellos. Estoy intentando reaprender lo que se me borró de la mente desde que tengo uso de razón. Y aunque caiga mil veces sé que ya no será como la primera vez, porque ya me sé de memoria la herida y el arma que la causa, y aunque duela horrores me siento algo más "en control".

Y no solamente me ha ayudado a ver mis derrotas como una segunda oportunidad, sino también a sentir la unión entre todas las mujeres, que pasan por lo mismo todos los días, y apoyarlas, defenderlas, luchar por todas como si fuéramos una. Una contra el mundo. También me ha abierto mundos que no conocía, me ha situado en la realidad que intentan maquillar los medios de comunicación, además de hacerme lo suficientemente fuerte como para no quedarme callada ante esas situaciones. 

·Si tuvieras delante a tu yo unos años menor, en la que haya sido una de las peores épocas de tu vida ¿qué le dirías? ¿Qué le aconsejarías o le harías saber, intentando transmitirle fuerza, esperanza, acompañamiento e incluso ganas de luchar?

Primero le daría mucho, mucho amor. Sin saber por qué estoy ahogándome en soledad día tras día a pesar de estar rodeada de gente, así que le haría saber que nunca estará sola por mucho que le pese el mundo sobre los hombros. También le diría que se cuidara, que no se dejara destrozar como yo lo estoy haciendo con mis propias manos. Me gustaría hacerle saber que, aunque a mí me cueste creerlo, siempre vendrá un nuevo día para volver a empezar de cero, cada día. Que no merece sufrir ni matarse a hambre, ni hacerse daño; que merece el amor que recibe aunque le cueste sentirlo a veces. En resumen, le diría todo lo que me gustaría que me hubieran dicho y me dijeran.

·¿Cómo te diste cuenta de que no eras heterosexual y, más concretamente, de que eras lesbiana? ¿Qué le dirías una chica más joven que tú que se da cuenta de que es lesbiana y se siente sola, aislada, repudiada...?

Hasta la edad de los 16 años (tengo 19) me consideré completamente heterosexual, sin duda alguna, no porque en realidad lo fuera sino porque ni siquiera se me había planteado en ningún momento de mi vida que existieran otro tipo de parejas. Como dije antes, nunca me había ni imaginado estar con nadie de otro género, me daba miedo pensarlo, vergüenza a mí misma incluso. Cuando empecé a conocer a mi actual novia, parecía que mi cabeza hacía nudos en los pensamientos haciéndome sentir más confusa y avergonzada. Fue entonces, cuando las cosas entre ella y yo fueron a más, que me denominé bisexual. Creo que lo hice porque me daba miedo desprenderme completamente del hecho de poder salir con hombres, ¿qué pensaría mi madre? ¿Cómo me miraría si se lo dijese? Al fin y al cabo, ser bisexual, me hacía mitad "pecadora", en vez de "pecadora" entera. Así que un mes después de empezar a salir con mi novia, después de mucho tiempo dándole vueltas y sin atreverme del todo, salí del armario con mis padres, les dije que salía con mi novia y que era bisexual. Hasta hace un año y medio o así no me di cuenta que en realidad no sentía atracción por los hombres, y en realidad jamás la había sentido, desde pequeña era así, mi mínima experiencia con ellos fue simple y nada excitante. Recuerdo el tiempo en que en el colegio, cuando era chiquitita, me gustaban niños de mi clase, por el simple hecho de que eran los niños que les gustaban a todas las demás, y porque en mi mente no tenía cabida más que eso, que los niños. Mi primera pareja ha sido y es una persona de mi mismo género, lo cual me ha ayudado a asimilar y aceptar mi sexualidad y a borrar de mi mente todo lo anterior, todo aquello que está mal visto por algunos. 

Hice vista atrás, al momento en el que salí del armario como bisexual en casa, y cuando llorando y riendo a la vez tras el peso que me quitaba de los hombros le preguntaba a mi madre, que lo había aceptado verdaderamente bien:

—¿Entonces, si fuera lesbiana sería diferente? 

Ella frunció las cejas dejando ver que sí que habría diferencia. Estaba claro. Si era bisexual seguía existiendo la posibilidad para ella de que trajera a casa algún día a algún hombre. Recordando eso, me he dicho a mí misma que debía callar el hecho de que era lesbiana. Bisexual en casa, lesbiana en la calle. Es algo que me dolía completamente porque odiaba hacer eso, por el resto de mis hermanes bisexuales, por mentir poniéndome como etiqueta una orientación sexual que no es la mía.

Ahora que han pasado los años me he atrevido a afirmarle a mi madre, que sí, que solo me gustan las mujeres y me he sentido fuerte. Creo que todes deberíamos sentirnos orgulloses del mínimo avance que hagamos en cuanto a este tema, porque incluso los pequeños pasos son grandes victorias.

·Has publicado un poemario. ¿Qué suponen para ti la escritura, la poesía, tanto en el terreno personal de tu día a día (que no deja de ser, también, político) como en forma de arma política para la lucha social?

La escritura ha sido desde siempre, para mí, una manera de evadirme, tanto leyéndola como escribiéndola. Ha sido/es mi salvavidas en mis peores momentos de salud mental, siendo una herramienta a la que acudir en momentos de crisis, un espejo en el que plasmar el dolor, una manera de dejar correr la sangre sin abrir ninguna herida. Me ha ayudado a liberarme en todos los sentidos de la palabra. He sido capaz de abrir mi mente y escribir sobre cosas que dan miedo y tienen mucho estigma en la sociedad, para así poder ser de ayuda a otras personas que estén pasando por lo mismo que yo y que necesiten esa palmadita en el hombro que susurre "yo te entiendo". También para dar voz a aquelles que no pueden ya gritar o que nunca han podido, como los animales no humanos, víctimas de LGTBfobia, de violencia de género....
Creo que desde siempre la literatura ha sido un modo de mostrar la cruda realidad de manera más suave pero ácida, para así abrir ojos y cerrar bocas. 

·En cuanto al susodicho poemario ¿qué puedes contarnos sobre este? ¿Qué nos dirías para convencernos de que queramos leerlo?

«Heridas con coágulos de rimas» es el poemario que el pasado otoño salió a la venta. Es un recopilatorio de algunos de los mejores poemas de mi blog y otros inéditos. Este poemario es un espejo de mi realidad, como persona con problemas de salud mental, entre otras cosas. Hay poemas de superación de TCA, poemas dedicados a mi yo oscuro, a mi maravillosa novia, del día a día siendo una persona con TLP, además de poemas feministas. Más que un poemario es una carta para conocer los lugares más recónditos de mi ser, para averiguar todo aquello que pienso pero que no me atrevo a decir. Son poemas duros pero a la vez llenos de superación —en cuanto a los que hablan de mi intento de recuperación de la anorexia—, también muy reales, en cuanto a los que hablan de mi vida teniendo TLP. 

Es un gran sueño que estoy viendo hecho realidad, el ver publicados mis versos, y me encantaría que me leyerais. Siempre he soñado con ser escritora. Esto es más de lo que creía poder alcanzar y no pienso rendirme. Espero que pronto pueda mostraros el nuevo poemario que acabo de terminar.

lunes, 16 de octubre de 2017

Entrevistando a la Resistencia: Javier Erro, autor de Saldremos de esta

En la sexta entrega de la sección Entrevistando a la Resistencia, en que entrevisto a activistas, artistas y, en la mayoría de los casos, ambas; os traigo una entrevista con Javier Erro, autor del libro Saldremos de esta: Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis (Facebook: Javier Erro).


1. ¿Qué te motivó a escribir el libro Saldremos de esta?

Lo que principalmente me motivó… o mejor, creo que es mejor explicar un poco el momento. Fue cuando empecé a trabajar como psicólogo, venía de los movimientos sociales, acostumbrado a aplicar una perspectiva crítica a todo lo que había a mi alrededor; al comenzar a trabajar como psicólogo, me planteo cómo aplicar esta perspectiva crítica a mi trabajo, que es donde pasaré mucho tiempo y donde podré plasmar una posible transformación social.
Me puse a buscar material pero, a pesar de encontrar análisis más o menos certeros, la mayoría se basaban en constructos teóricos, sesudos y con un lenguaje muy especializado para personas especializadas en lo revolucionario, o la revuelta. Lo que no habían eran propuestas prácticas y, además, se planteaba que después de la revolución social todos los sufrimientos psíquicos iban a desaparecer, que en mi opinión es una propuesta un tanto utópica.
Además personas cercanas empezaron a pedirme consejo y me puse a reflexionar como alguien que es parte del entorno de otras personas que han experimentado sufrimiento psíquico o como alguien que lo ha experimentado él mismo. Esto me sirvió para hacer un cúmulo, con mi saber (mi conocimiento profesional) y con las experiencias de otras personas que habían experimentado el sufrimiento psíquico.
¿Que por qué escribí esta guía? Porque, pese a formar parte de ciertos movimientos sociales que en principio intentan aplicar una perspectiva colectiva, me di cuenta de que había una ausencia de herramientas concretas, específicas, sin mucha teoría de por medio, desde una perspectiva colectiva para el sufrimiento psíquico.


2. En una sociedad en que los profesionales de la salud mental reproducen tan a menudo conductas dañinas para sus pacientes, llegando incluso a vulnerar sus derechos mediante prácticas como la medicación forzada o la contención mecánica ¿cuál crees que puede ser el papel de un psicólogo concienciado que intente cambiar algo aun trabajando dentro del sistema?

El sistema son muchas cosas al mismo tiempo. Aquí, en España, un sistema público y un sector más privado donde se pueden hacer otras cosas. También tenemos el sector de asociaciones, colectivos de activistas, Grupos de Apoyo Mutuo… en cada uno de estos territorios se pueden hacer diferentes cosas.
En el terreno público no tengo tanta información de primera mano, pero sí conozco casos de profesionales que intentan sumarse a campañas como la de “0 contenciones” y que se han visto presionados o ninguneados por jefes o compañeros. ¿Se puede hacer más dentro del sistema público? Ahí entramos en una polémica, preguntarnos si introducir por ejemplo un Grupo de Apoyo Mutuo dentro de las instituciones las mejora, o si anula esta propuesta al quitarle el elemento de alternativa.
En cuanto a las asociaciones, por ejemplo de familiares, muchas llevan a cabo un discurso biologicista tradicional y psiquiatrizado; además, a menudo reciben subvenciones por parte de farmacéuticas. Por otro lado tenemos colectivos más de base, como FlipasGAM en Madrid o GAMValencia aquí, que tratan de crear desde una perspectiva completamente horizontal alternativas a las instituciones. Para mí tienen una potencialidad que me parece impresionante, a muchos niveles, a nivel pragmático y a nivel de discurso, pues están aportando visiones nuevas que yo todavía no había visto.
Después quedaría el sector privado, donde yo me muevo ahora mismo, teniendo mi consulta. La verdad es que tienes un poquito más de libertad respecto al sistema público, institucional, pero estás limitado por factores como el económico; tienes que cobrar una cantidad de dinero que hace que no sea accesible para todo el mundo.
Así, en todos los sectores hay un montón de contradicciones. Pero ¿qué puede hacer un profesional en ese sentido? Creo que lo primero es repensar, replantearse en todos los sentidos. Replantearse el tema de los privilegios dentro de los tratamientos o las terapias, cómo los espacios sanitarios son lugares donde el profesional ejerce un poder, disfruta de una serie de privilegios lo quiera o no (que se traducen en una serie de opresiones para la persona con sufrimiento psíquico, todo micro, pero no por ser micro deja de ser importante).
Un ejemplo de un privilegio del psicólogo o psiquiatra es elegir qué lenguaje se va a utilizar, qué temas se van a hablar y qué temas no. El privilegio de poder ser crítico con su propio trabajo, cosa que la persona con sufrimiento psíquico no se suele poder permitir.
Yo creo que ese es el primer paso, y creo que dado el contexto actual en España de explosión de colectivos y activismos de salud mental, hay que esperar un poquito más antes de dar otro paso, ver qué sucede, reflexionando. Y dando paso al debate, que no se está dando ahora mismo dentro del contexto profesional.


3. En tu libro no se habla mayoritariamente de diagnósticos, sino de vivencias o dolencias. Para ti ¿cuál es la diferencia entre ambas etiquetas (pues ninguna deja de serlo)?

La primera diferencia es la de “quién nombra qué”. Los diagnósticos son nombres que hemos puesto, que ponemos los profesionales, a diferentes sufrimientos; y “sufrimientos” me parece un término más global, más válido incluso, que engloba algo que le puede pasar a muchas personas.
No es lo mismo decir que una persona está diagnosticada con un Trastorno de Ansiedad, o con Abuso de Sustancias, que decir que está experimentando un sufrimiento psíquico que le conlleva ansiedad, abuso de sustancias, o lo que sea. Si ya planteas que lo que la persona está pasando es por un sufrimiento psíquico, entonces la atención que le vas a dedicar va a ser completamente diferente; la forma en que vas a hablar con esa persona va a ser totalmente diferente.
Si una persona tiene un diagnóstico de depresión vas a ir directamente a tratar esos síntomas, mientras que si está experimentando un sufrimiento psíquico vas a tratar de hablar lo que le sucede, pues el sufrimiento debe ser compartido.
El diagnóstico ahora mismo es lo que es, pero tiene una historia detrás que marca lo que es; está atravesado por una historia, la historia de la psicopatología, una serie de discursos e ideologías más o menos conservadoras (generalmente bastante) que son las que han marcado que tengan que ser este tipo de clasificaciones tan cerradas y tan exclusivistas.
Una reflexión que no se hace sobre los diagnósticos y sobre, en general, la psicología y la psiquiatría, es una historia crítica (hay alguna excepción, como Rafael Huertas). Recoger esta historia crítica puede llevarnos a afilar mejor lo que tiene que ser o lo que tiene que dejar de ser este sistema de diagnóstico.
También me gustaría apuntar que no me gustaría ser yo quien plantee una alternativa sólida al sistema diagnóstico existente, porque entonces se podría convertir en otro nuevo sistema cerrado, con las mismas taras que lo que tenemos ahora mismo. Esta es una cuestión sobre la que yo creo que hay que reflexionar mucho, el tema de las escuelas terapéuticas, que muchas veces deciden o se auto-proclaman más liberadoras que lo que existe ahora mismo (proclamando que tienen una relación más horizontal con las personas o que promueven un cambio social). Yo no digo que esto no sea así, sino que pueden convertirse en la nueva hegemonía dentro de la salud mental, que hay que centrarse en reflexiones mucho más globales, como por ejemplo el término sufrimiento psíquico, el término horizontalidad, el término colectivo, el término social… también el feminismo, también el racismo, toda una serie de opresiones que se entrecruzan. En vez de hablar de psicoanálisis, Gestalt, psiquiatría comunitaria, psicología social, terapia narrativa o un montón de ejemplos.


4. Si acudiera a ti una persona “loca”, “enferma mental” o cómo queramos o quiera llamarse desesperada por encontrar comprensión y apoyo en un mundo que no promueve la auto-comprensión y los cuidados sino el seguir a ciegas las pautas dictadas por psiquiatras que demasiado a menudo nos tratan de forma impersonal ¿qué le dirías? ¿Cuál o cuáles serían tus consejos?

Ojalá lo supiera. A mí sí que me gusta el término “empoderamiento”. Suele haber una crítica, la gente suele decir “no me gusta el término pero lo voy a utilizar”, pero a mí me gusta: el poder existe, va a seguir existiendo, y es mejor tenerlo nosotros que no tenerlo.
Empoderarse puede ser encontrar la capacidad de criticar al profesional que te está tratando, sea psiquiatra, sea psicólogo o sea lo que sea; supone revalorizar esta perspectiva más colectiva, centrada en el entorno, partiendo de la base de que los trastornos no existen, que lo que existe es una sociedad con problemas para aceptar, encajar el sufrimiento psíquico; o que la persona sea capaz de acomodar, transformar su entorno para adaptarlo al sufrimiento psíquico que está pasando. Creo que es una perspectiva bastante interesante. Una transformación de lo que entendemos por cuidados colectivos y por cuidados institucionales, institucionalizados.
También recomendaría mucha auto-formación, pues estamos hablando de algo tan importante como la vida de esta persona, y todo lo que tenga que ver con auto-gestionar el conocimiento, incluso generarlo uno mismo, me parece también importante; y es algo que no se promueve.


5. En las presentaciones de tu libro y en los posteriores debates, habrás recibido todo tipo de críticas más o menos constructivas hacia su contenido. ¿Puedes compartir con nosotras alguna de las reflexiones que más te han aportado, así como alguna experiencia que te haya conmovido y emocionado?

Efectivamente, he recibido muchas críticas. En Barcelona recibí una, que me llamó la atención y con la que estoy más o menos de acuerdo, que consistía en que el libro no dejaba de aportar una perspectiva centrada en la persona; es decir, un poco individualista, lo cual es cierto. Y también me plantearon en ese mismo debate que en el libro no hablo de cuestiones meramente sociales, lo cual también es cierto. Pero cuándo yo escribí el libro mi objetivo no era proporcionar una herramienta a personas involucradas en movimientos sociales o políticos, sino proporcionar una herramienta a cualquier persona, aunque no estuviera involucrada en estos movimientos.
La perspectiva de hacer activismo solamente dentro del campo de los movimientos sociales es demasiado exclusiva, privilegiada también; y para mí la política, o el campo social, es más amplio y tiene que ver con la sociedad en general, no solo con que los movimientos sociales tengan herramientas privilegiadas a las que el resto de personas no tengan acceso.
Eso como crítica. Asumo la incoherencia, que también es política, soy consciente de ello.
En cuanto a experiencias emocionantes, afortunadamente algo impagable para mí ha sido que muchas personas se acercaban después de muchas charlas y me daban las gracias por haberlo escrito porque les había cambiado un poco la perspectiva. Más que por utilizar las herramientas concretas que yo sugiero en el libro, me han comentado que lo que les ha empoderado (puedo utilizar este término pues hace referencia a la perspectiva que doy, de que la persona puede cambiar su entorno, desde lo colectivo, no desde lo individual) es la perspectiva que les puede haber dado.
Entonces, para mí eso es emocionante, esos momentos han sido bastante bonito. Es lo único que me ha dado la sensación de que realmente he hecho algo que es útil y válido.
Concretamente, en Madrid una chica me regaló un libro (fue un intercambio por el mío) que había escrito. Un libro muy chulo, muy bonito, donde explicaba una época que pasó, una serie de delirios. Me pareció, aparte de ser un gesto precioso, el que me lo diera y la emoción que yo veía que ella sentía; algo impagable. 

martes, 23 de mayo de 2017

Teoría y Praxis de La Loca, parte 1

La loca es, ante todo, una mujer traumatizada.

No todas las mujeres están traumatizadas, en teoría.

Cada mujer que aprieta el paso al volver sola a casa de noche demuestra lo contrario.

Cada mujer que no proclama firmemente “no, no quiero” ante una circunstancia que la violenta en cuerpo y alma demuestra lo contrario.

Cada mujer que hace la “operación bikini” demuestra lo contrario.

Cada mujer que se empequeñece ante el hombre que le levanta la boz demuestra lo contrario.

Esta lista es interminable. Todas las mujeres estamos traumatizadas (algunas, más que otras; no es lo mismo ser una mujer negra y pobre en un país africano en guerra que una mujer negra con estudios universitarios en un barrio marginal de Nueva York, menos aún que una mujer blanca casada con un empresario en un barrio pijo de la misma ciudad).

Todas las mujeres, repito, estamos traumatizadas. No ser capaz de asumirlo es uno de los rasgos básicos del trauma.

Al fin y al cabo, el “Trastorno por Estrés Post-Traumático” se inventa para poder diagnosticar al veterano de guerra: el hombre blanco, previamente estable.

En primer lugar, me pregunto ¿cómo es factible que se empiece a tener en cuenta el trauma cuando es el verdugo el que sangra por dentro? ¿Qué tipo de mundo decide pasar por alto el trauma colectivo y centenario de habitar una tierra usurpada (“conquistada”), un cuerpo esclavizado o explotado?

Un mundo de potencias imperialistas dirigidas por hombres blancos que generan guerras en países ajenos en búsqueda de la acumulación de capital.

Pero no acaban aquí mis preguntas.

En segundo lugar ¿qué era de ese hombre blanco antes de volver de la guerra, antes de partir a la guerra? ¿Era un hombre inestable ya? Si lo era ¿se validaba su inestabilidad, canalizada en forma de agresividad, como pilar básico de la dominación patriarcal y la supremacía blanca?

Mi respuesta es sí.

Los hombres blancos no son “agresivos” porque no son “histéricos” ni “peligrosos”.

Las mujeres que hablan en el mismo tono de voz que ellos, las mujeres impulsivas, las mujeres decididas, las mujeres que no disimulan su propio dolor sí son “histéricas” y hasta no hace mucho se las lobotomizaba por ello.

Los negros, gitanos-romaníes, árabes que conducen coches como ellos (aunque probablemente más baratos), que fuman en parques como ellos (probablemente parques más sucios), que cogen vuelos como ellos (probablemente a países más pobres); sí son “peligrosos” y les esposa la policía tras hacerles bajarse del coche y les asesina de un disparo, les detiene la guardia civil y se les expulsa del país, les para un guardia de seguridad del aeropuerto y no se les permite subir al avión.

Me repito, pero lo tengo claro: la loca es una mujer traumatizada. Todas las mujeres estamos traumatizadas. El trauma empieza a definirse a través de la experiencia del hombre occidental blanco que ejerce a su vez violencias traumáticas para las mujeres y personas racializadas del mundo. Las conductas de este mismo hombre occidental blanco no se patologizan ni se condenan, ni le llevan a la muerte o a la deportación o a la usurpación de sus derechos, como sí les sucede a las mujeres y a las personas racializadas (y especialmente, a las mujeres racializadas).

Sin embargo, si todas las mujeres estamos traumatizadas ¿por qué las locas solo somos unas cuantas (porque “loca” se es, no se “está”)?

Obviamente, no todas las mujeres vivimos la misma experiencia ni sufrimos de forma igual de sangrienta los ataques más o menos directos, más o menos sutiles del patriarcado. Pero esa es tan sólo una aclaración.

El motivo principal por el que, aun estando todas las mujeres traumatizadas, no todas son locas (porque loca se es como se es, por ejemplo, lesbiana; “loca” es una identidad impuesta y reapropiada) es que no todas las mujeres reaccionamos igual al trauma. Algunas callan, otras lloran durante días sin poder levantarse de la cama. Algunas callan, otras escuchan voces y ven manchas borrosas. Algunas callan, otras creen ser perseguidas u odiadas por su entorno. Algunas callan, otras hiperventilan y pierden el contacto con la realidad. Algunas callan, otras se auto-lesionan físicamente y se drogan. Algunas callan, otras se provocan el vómito después de atiborrarse a comida, cuando no ayunan.

Otra lista interminable. Porque las locas somos muy diferentes entre nosotras y reaccionamos al trauma de formas igual de diferentes, pero hay un factor común: nuestras reacciones son formas de resistencia. Y si entre las cuerdas también existen múltiples diferencias (no es lo mismo una mujer empeñada en que la vida le sonríe cuando esta no lo hace que una mujer que sufre pero cuyo sufrimiento nunca será patologizado porque se la necesita como eslabón supuestamente “sano” de la cadena de montaje de una fábrica, porque por ser negra se la identifica con el estereotipo de “mujer fuerte” y se le prohíbe así el acceso a la fragilidad de la llamada “enfermedad mental”); existe igualmente un factor común: su no-reacción es una forma de privilegio.

¿Qué coño quiere decir que reaccionar al trauma es una forma de resistencia? ¿No es, acaso, lo natural? ¿No es, en todo caso, supervivencia o auto-destrucción dependiendo de cómo lo mires y de quién se lo pregunte?

Para mí, reaccionar al trauma es en efecto una forma de resistencia porque reaccionar al trauma, sea de la forma que sea, implica señalar consciente o inconscientemente al mismo mundo que te ha traumatizado. Y recalco el “consciente o inconscientemente” porque esto no quiere decir que las únicas locas seamos las que nos reapropiamos de esta etiqueta política, las que nos hemos dado cuenta de que es el mundo en el que vivimos el que está verdaderamente “enfermo”.

Lo recalco porque lo que quiero decir no es eso, sino que nos demos cuenta o no, nuestros cerebros chillan por nosotras que algo no va bien. Y nuestros cerebros son órganos plásticos que reaccionan al mundo que habitan los cuerpos que los albergan. Nuestros cuerpos. Nuestro mundo de mierda.

Por eso, la locura es siempre para mí una forma de resistencia, quizás una de las formas de resistencia más valientes y peligrosas que conozco. A las locas nos atan e inmovilizan a la fuerza, aislándonos durante horas en habitaciones solitarias. A las locas nos drogan sin informarnos debidamente de los efectos secundarios y la contribución a la cronificación del sufrimiento de la “medicación” que nos recetan. A las locas nos arrebatan a los bebés en los hospitales alegando que no seremos buenas madres, si es que no nos han disuadido ya de serlo ante el convencimiento de que el peligrosísimo “gen” de la “enfermedad mental” lo heredarán nuestras pobres criaturas condenadas ya antes de nacer. A las locas, especialmente si somos racializadas y sobre todo en el caso de que seamos negras, la misma policía a la que nuestro entorno más cercano recurre para ayudarnos nos asesina de un disparo ante cualquiera de las llamadas “crisis” que podamos estar “sufriendo”.

Pero, tras escribir esto, seguía sin tener del todo claro qué diferencia a una mujer cuerda cualquiera de una mujer loca cualquiera. Ha sido al recordar la definición de “persona trans” que me han dado compañeras trans (esta es: aquella que sufre transfobia, y recordemos, la opresión no es solo que te maten o que te nieguen un puesto de trabajo; es también el auto-odio aprendido de una sociedad que te odia en sí misma aunque no siempre te lo demuestre explícitamente…). Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de ser o no ser loca no depende de tu reacción más o menos patológica a un mundo que te traumatiza, del tipo de reacción (neurótica o psicótica, ansiosa o depresiva, alucinativa o delirante; y mil términos más para los que me faltan comillas porque no son sino constructos sociales elaborados principalmente por hombres blancos occidentales, cuerdos, para patologizar una respuesta natural por parte de las oprimidas al susodicho mundo de mierda que habitamos).

Y es que ser o no ser loca depende de estar sujeta o no a sufrir abusos de poder por parte de aquellas y, principalmente, aquellos que no lo son. Depende ya meramente de que exista una jerarquía, un poder acaparado por aquellos que pueden permitirse maltratarte si así lo desean y así les conviene.

La loca no lo es por su diagnóstico ni por su vivencia, por peligroso aunque informativo que sea el primero y crucial que sea la segunda, lo es por la violencia estructural que algunos (y, a veces, algunas) ejercen sobre ella de forma directa o indirecta.

Digo “de forma directa o indirecta” porque anteriormente he enumerado unos cuantos ejemplos de los tipos de violencia más visceral que se perpetúa contra nosotras como locas que somos. Y me he dejado otros, como los comentarios sin ninguna mala intención pero que se acumulan uno detrás de otro (eso que muchos llaman “estigma”, palabra que me chirría por simplificar todas las violencias ya mencionadas y reducirlas a actitudes individuales y discriminaciones laborales) y te llevan a ocultar tu diagnóstico o tomarte la medicación a escondidas en el baño del bar en una cita. Como las presiones sociales para estudiar y trabajar cuando tu cuerpo loco, tu mente loca se ve incapacitada por la sociedad para hacerlo en unos ambientes que no se adaptan a sus necesidades y sus tiempos, tus necesidades y tus tiempos. Y un largo etcétera.

Para concluir, ¿por qué hablo de la loca, y no porque utilice todo el rato el femenino genérico, sino porque hablo en efecto de la mujer loca?

Hablo de la mujer loca porque, si la locura es política, está intrínsecamente ligada a la condición de mujer. Porque el hombre (especialmente el hombre blanco occidental) traumatizado por el sistema que se resiste a este y se “vuelve loco” no ve su realidad patologizada con la misma rapidez y eficacia con la que se patologiza la existencia de la loca, y es así cuando su agresividad se consiente e incluso potencia y retroalimenta; porque podemos ser testigos de como su trauma se ve validado cuando, ante los mismos “síntomas”, al loco se le diagnostica TEPT (Trastorno por Estrés Post-Traumático) y a la loca, TLP (trastorno límite de la personalidad).

Pero hablo de la mujer loca antes que del loco en general o del hombre loco en particular, sobre todo, porque si (como ya he dicho antes) es el mundo el que está “enfermo” es la mujer la que limpia el vómito. Es la mujer la que acaba en carne viva de tanto cargar a su espalda con este reloj maldito cuyos engranajes se le clavan en la piel y le rompen los huesos a más de la mitad de la humanidad.

En definitiva, si la locura es política y es radical, si la locura es resistencia, la mujer loca lo es todavía más y de una forma mucho más visceral.