Mostrando entradas con la etiqueta psicología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicología. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de abril de 2019

Trastornos de la Conducta Alimentaria: el derecho al tratamiento gratuito

Hace unos pocos años que manifiesto un interés creciente por los estudios psicológicos y sociológicos que se hacen sobre los Trastornos de la Conducta Alimentaria, su incidencia, sus factores causales, sus tratamientos. Decir que manifiesto un interés es en realidad bastante eufemístico, dado que es prácticamente desde que empecé a presentar lo que se denomina clínicamente “dismorfia corporal” que no puedo dejar de investigar, leer, conversar sobre estos problemas de salud emocional.

Esto se debe a que creo fervientemente que hace falta entender el problema, ahondar en el pozo, en definitiva, meter el propio dedo en la llaga para empezar a sanar. Y claro que quiero sanar. Ya estoy en el proceso, ya no me obsesiona mi imagen hasta el punto de dejar de asistir a clase o saltarme compromisos sociales porque me horroriza lo que veo en el espejo; y, de hecho, ya casi nunca me horroriza lo que veo en el espejo. He dejado de provocarme el vómito, a pesar de que a veces me entran náuseas sólo de toser y de que, de una forma u otra, soy consciente de que este fantasma me va a acompañar siempre.

Pero los fantasmas no equivalen a problemas reales, de esos que te discapacitan, que te impiden seguir disfrutando de tu día a día o, al menos, cumplir con tus obligaciones estipuladas (estudiar, trabajar, etc). Por eso sé que soy afortunada: sin tratamiento, hasta el 20% de personas con Trastornos de laConducta Alimentaria severos mueren.

Es una estadística muy manida entre las personas que hemos estado cerca de desarrollar un Trastorno de la Conducta Alimentaria “en toda regla”, para quienes los han llegado a desarrollar, para quienes amamos a personas afectadas. Los especialistas nos avisan, Internet nos avisa, y nosotros nos sabemos los porcentajes de memoria. Pero nos queda preguntarnos ¿por qué hay tantas personas que están sufriendo y no están en tratamiento?

Hay muchas posibles respuestas a este interrogante. También hace falta cuestionarnos el mandato del tratamiento tradicional, puesto que hay variedad de tipos de abordaje para los dolores emocionales y no todos tienen por qué consistir en la misma modalidad de terapia cognitiva y conductista. Puesto que, con la amenaza de losingresos involuntarios y la sobremedicación psiquiátrica planeando sobre nuestras cabezas, me resulta más que comprensible que muchas personas acabemos desconfiando, en mayor o menor medida, del especialista de turno.

Y sin embargo, está claro que hay tratamientos probados, y profesionales afines, y yo soy la primera que considera que no estaría aquí hoy día si no fuera por la terapia. Así que, nuevamente, toca preguntarse ¿por qué hay tantas personas sufriendo y sin tratamiento?

La respuesta es tan vieja como el propio sufrimiento: si las fuerzas del liberalismo económico ya empujan para privatizar todos los servicios posibles, imaginaos lo que pasa con la salud mental y emocional. Nos cuentan las estadísticas que, en 2015, los hospitales públicos españoles tenían menos de cinco psicólogos por cada 100.000 habitantes. Si esta cifra no asusta lo suficiente de por sí, siempre queda hablar con cualquier persona cercana que haya sentido tanto dolor emocional alguna vez como para verbalizarlo y pedir ayuda en el hospital que le toque. Preguntar: ¿cuánto tardaron en atenderte? ¿Cada cuánto te daban cita para terapia? ¿Sentiste que te ayudaban de verdad?

Yo he sido, nuevamente, afortunada: asistí a terapia con psicólogas privadas desde los 15 hasta los 18 años, más o menos. Para la mayoría de mi entorno, no ha sido así. Cuando empiezas a ofrecerte a fotocopiar las hojas que te reparten en terapia para que tus amigos puedan leerlas, cuando envías a decenas de personas estas mismas hojas escaneadas por correo electrónico, te das cuenta de que el problema que tenemos con la Sanidad pública en este Estado del bienestar no es menos problema cuando hablamos de salud mental y emocional.

En el centro de día privado al que acudo a terapia individual, yoga y demás, especializado en tratamiento psicológico para trastornos emocionales, de la personalidad y de la conducta alimentaria, estoy segura de que el convenio con la Seguridad Social ha salvado vidas. Pero ¿qué pasa en otros Estados? Y, sobre todo ¿qué pasa en nuestro propio Estado cuando no hay cómo saltar económicamente (es decir, recurriendo a la privada) los obstáculos burocráticos que supone acceder a un tratamiento digno y continuado para problemas de autoestima y Trastornos de la Conducta Alimentaria?

Porque sí, vuelvo a los Trastornos de la Conducta Alimentaria. Porque la anorexia mental es considerada el trastorno con mayor índice de mortalidad en salud mental. Porque he visto cómo mis amigos adelgazaban obsesivamente, o engordaban compulsivamente; porque conozco los atracones y sus efectos, así como los respectivos trucos para vomitar con mayor facilidad que me niego a mencionar.

Y ¿qué posibilidades se le ofrecen para recuperarse a una joven de familia de clase trabajadora, cuyos padres probablemente ni siquiera se tomen en serio la salud mental y emocional de su hija porque la terapia es para ricos (que es otra forma de decir “los pobres no nos podemos permitir pagar terapia”)? Son muchas las familias que, ante los Trastornos de la Conducta Alimentaria de su prole, reaccionan preguntándose qué han hecho mal y qué está haciendo mal su hijo o su hija para no poder vivir con normalidad.

Pero es que todos lo hemos hecho mal. Se habla de la epidemia de la obesidad infantil pero esto no impide que McDonald’s o Burger King tengan sus paneles de anuncios distribuidos por toda la ciudad y ofrezcan las alternativas para “comer fuera” más baratas para todas esas familias, que cada vez son más tras la crisis económica, que han de recurrir a las opciones menos sanas por falta de dinero, y no loolvidemos, por falta también del tiempo y el asesoramiento necesarios paraaprender a comer más sano. Sin embargo, hablar a todas horas de la epidemia de la obesidad infantil sí sirve para condicionar las vidas de niños y niñas gordos que se enfrentan al ostracismo en el mejor de los casos y la persecución y los malos tratos en toda regla en el peor; que ven como sus vidas se ven condicionadas porque los profesionales de la salud que les atienden achacanabsolutamente todos sus problemas de salud al sobrepeso.

¿Medidas efectivas contra la precarización de los hábitos alimentarios y la proliferación de las cadenas de comida rápida e insalubre? No. ¿Hacer chistes de gordos a todas horas? Sí.

Y continúo: todos lo hemos hecho mal. Les repetimos a todas horas a las niñas de nuestras familias lo guapas que son y cuando crecen, las abandonamos a la intemperie ante hombres de todas las edades que se creen con derecho a toquetearlas y asaltarlas. ¿Cuánto te puede joder emocionalmente ver que todo lo que te habían dicho que eras y podías ser, o sea, tu cuerpo… es una puerta abierta a las miradas, los manoseos, las agresiones sexuales que traumatizan?

Luego las mujeres crecemos desarrollando Trastornos de la Conducta Alimentaria, de los que se diagnosticarán (si te descubren, si se te va de las manos la pantomima, si tus padres tienen dinero para que te traten antes de que mueras); y de los que no. Y todo el mundo se lleva las manos a la cabeza. Pero es que todos lo hemos hecho mal.

Lo hemos hecho mal, tan mal que seguimos pensando que los Trastornos de la Conducta Alimentaria (que asociamos automáticamente con la anorexia nerviosa, como si la bulimia nerviosa y el trastorno alimentario por atracón no existieran) son problemas de niñas blancas, ricas y delgadas. Sobre todo, ricas. Como si no existieran ya estudios que desmienten este mito.

Pero para empezar a arreglar este error garrafal de nuestra cultura occidental con la comida, la auto-imagen y el bienestar emocional no basta con gritar a los cuatro vientos (y siempre en Internet) que un Trastorno de la Conducta Alimentaria puede afectar a cualquiera, independientemente de la demografía. No nos basta con concienciar alrededor de los Trastornos de la Conducta Alimentaria; necesitamos medidas prácticas para el apoyo y el tratamiento para las personas afectadas, y para eso, necesitamos inversiones económicas en salud pública, mejor formación y asesoramiento de los profesionales, etc.

Necesitamos que todo el mundo se pueda permitir el tratamiento para un Trastorno de la Conducta Alimentaria. Y para eso, necesitamos que el tratamiento digno, continuado y especializado sea gratuito.

La otra opción es que tantas y tantas personas de familias trabajadoras, especialmente mujeres que estudian y trabajan, sobre todo mujeres jóvenes que estudian y trabajan y taponan el pozo sin fin del malestar emocional ayunando, dándose atracones y purgando lo comido; sigan sufriendo en silencio.

La economía, si no sirve a nuestro bienestar, no es economía; es privilegio de unos pocos y precariedad de muchos. La salud mental y emocional no es la excepción a esta regla.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Entrevista: Desnúdate Autoestima Corporal

Os traigo una entrevista con Noemí Conde; ella y Aizea Villarreal son las dos mujeres apasionadas e implicadas con el mundo de la mujer y la cuestión de género que, a través de Desnúdate Autoestima Corporal, ponen sus conocimientos y experiencia al servicio de mujeres en procesos de recuperación de trastornos de la conducta alimentaria y construcción de una verdadera autoestima.


·Os especializáis en el tratamiento con enfoque de género, es decir, desde una perspectiva feminista, de los problemas de autoestima, de la insatisfacción y el desamor con nuestros cuerpos. ¿Qué os llevó a empezar con Desnúdate Autoestima Corporal? ¿Qué os está suponiendo esta trayectoria profesional, y no por ello menos personal y colectiva, en vuestro propio crecimiento y aprendizaje?

Aunque Aizea y yo venimos de mundos diferentes, la relación con el cuerpo nos ha unido: Un proceso de recuperación de Bulimia. Ocho años de experiencia como estilista y publicista para medios de comunicación. Mañanas y tardes acompañando a mujeres con Trastornos de la Conducta Alimentaria. Jornadas completas vistiendo a modelos y actrices.

La vida es aprendizaje, cada una de las experiencias vividas se transforman en conocimientos de un valor incalculable que nos ayudan a crecer y avanzar.

Ambas hemos vivido la presión del cuerpo en nuestra piel, llegando a olvidarnos de nosotras mismas, de nuestra esencia. Y concretamente ése ha sido nuestro motor. Aizea, durante su carrera profesional como estilista, ha visto como mujeres que aparentemente cumplían con los cánones vivían infelices con la presión del cuerpo.

Por mi parte, una enfermedad me hizo despertar y relacionarme en un mundo donde la exigencia y la perfección hacían mucho daño.

Nuestra especialización desde la psicología y el trabajo corporal expresivo despertaron en nosotras la misión de acompañar a este colectivo que tanto nos había tocado de cerca.

Acompañar a mujeres que tienen dificultad en la relación con su cuerpo, llegando muchas de ellas a padecer un Trastorno Alimentario, es un privilegio, un recordatorio constante de cómo nos atraviesa a todas las mujeres el patriarcado, y en este caso la presión social en el cuerpo. A nivel tanto profesional como personal, nos enriquece y nos hace tomar consciencia de una realidad social con hechos concretos: los abusos sexuales, maltratos y violaciones están más presentes de lo que podemos llegar a imaginar.

Cada día nos encontramos a mujeres muy bellas por dentro y por fuera que se fustigan por no llegar a ése ideal de belleza que se han marcado. Cada día tenemos más claro que no se trata de una cuestión de peso.


·¿Podríais contarnos un poquito sobre lo que hacéis en un tratamiento promedio, es decir, qué podéis ofrecer a las mujeres que acuden a vosotras a nivel práctico y cómo de constructiva está siendo hasta ahora la experiencia de ofrecer estos tratamientos?


En Desnúdate ponemos a disposición nuestro bagaje, dos mochilas de experiencias vitales y profesionales únicas sumadas a una amplia formación especializada en psicología y crecimiento personal.  

Nuestro método es creativo y flexible. No existe un proceso igual, todos son totalmente personalizados y adaptados a las necesidades de cada una de nuestras pacientes. Nos basamos en una combinación original de disciplinas, corrientes y técnicas que nos han ayudado a conocernos y amar nuestro cuerpo.

Algunas de ellas son:

La Terapia Gestalt. La PNL, centrada en el diálogo interno de la persona. El Movimiento vital expresivo. La escucha y la observación. El Estilismo libre color, el disfraz y vestuario creativo. La música, el ritmo y la danza. Plástica. El juego, el contacto, la dramatización, la expresión y la creatividad. La respiración, la relajación, el masaje. La meditación y la visualización. El trabajo grupal, la identificación de emociones y paradigma personal.

El resultado, después de acompañar a muchas mujeres, nos hace confirmar nuestras hipótesis. El trabajo emocional y corporal, la detección de necesidades y contactar con el placer, la flexibilidad, desde el permiso; siendo consciente de lo que quieres en tu vida y lo que no, es lo que hace que esa flexibilidad y adaptación también se empiecen a aplicar en la relación con el cuerpo, en ver aquellas partes “imperfectas” como parte de la esencia de cada una.

Los resultados son claros: las mujeres que empiezan con Desnúdate, en un largo plazo de trabajo personal, son capaces de empezar a relacionarse con su cuerpo desde una postura más compasiva y amorosa.


·Vuestro método de tratamiento bebe de diferentes disciplinas terapéuticas, algunas especialmente creativas. ¿Cuál es para vosotras el mayor defecto del acercamiento hegemónico ahora mismo a los trastornos de la conducta alimenticia y los problemas de autoestima desde las clínicas y las consultas? Como mujer que lleva años en tratamiento, entre otras razones, por mis problemas de autoestima y con mi cuerpo, me interesa especialmente saber ¿qué podéis ofrecer vosotras a las mujeres que recurran a vuestro tratamiento que no vayan a encontrar igual en centros de otro corte?


Desde nuestro punto de vista, las clínicas centradas en el tratamiento de los Trastornos de la Conducta Alimentaria están muy centradas en el síntoma, en la parte visible del trastorno. Nosotras siempre hacemos la comparación del iceberg para explicar qué es un TCA. La parte visible del iceberg es el síntoma: lo que se puede observar desde fuera por el comportamiento. La parte sumergida son las emociones: el trasfondo que hace surgir la enfermedad y aviva las inseguridades.

Desde los centros de tratamiento hay un foco puesto en la parte visible del iceberg, en el control o descontrol con la comida y con el cuerpo. Y en un momento concreto de la enfermedad es muy necesario este foco, no obstante, si sólo se trata el síntoma y no se baja a los fondos marinos, el trastorno es muy probable que vuelva a resurgir en otro momento en el que se presenten situaciones adversas, dificultades o vivencias que alteren la cotidianidad. Esas recaídas vuelven como un fantasma hasta que hay un trabajo emocional profundo que te consiga dar herramientas para enfrentarte a esas adversidades que pueden hacer balancear ese “equilibrio” creado desde un tratamiento cognitivo conductual.


·Igual es una pregunta muy básica, pero me parece importante recalcarlo ¿por qué es necesaria una perspectiva feminista, una perspectiva de género, en el tratamiento de los problemas de autoestima y amor propio corporales? ¿Creéis que en el programa de estudio habitual y especializado en estos tratamientos se profundiza lo suficiente en el canon de la socialización patriarcal?


La sexualización del cuerpo femenino y la creación de unos cánones de belleza concretos impuestos por el sistema heteropatriarcal en el que vivimos; un sistema sociopolítico donde el género masculino y la heterosexualidad priman sobre otros géneros u orientaciones sexuales. Así, en este caso, el cuerpo femenino se ha moldeado y se ha normativizado según la visión masculina, con el objetivo de agradar al hombre. Cánones que han ido variando según el momento histórico, siendo ahora la delgadez la norma que impera. 

Además, dentro de la delgadez, existen unos atributos concretos que hacen un cuerpo deseable, como: pechos turgentes, piel lisa, blanca y suave, labios carnosos, mirada penetrante, cabello largo y sedoso… Atributos muy coincidentes con una etapa concreta de edad: la juventud, momento de plenitud según lo que se entiende para el género femenino.

Así, para llegar a esos atributos concretos, las mujeres han aceptado todo tipo de medidas de adoctrinamiento: dietas, cosméticos, tintes, tratamientos anticelulíticos, operaciones estéticas… Y en todo este sinfín de medidas aparecen los TCA, llevando la represión y el control a un extremo incontrolable y llevando al descontrol, en muchas ocasiones fruto de ese descontrol.

Por ello, la perspectiva de género y las herramientas feministas las consideramos básicas y uno de los motores más empoderadores que puede llegar a tener la mujer para la conciliación con su cuerpo.


·Otro problema que he percibido en mis años de tratamiento ha sido la ausencia de una verdadera conciencia de la problemática que suponen los abusos, las agresiones y el acoso sexual en la configuración de la autoestima y los hábitos de vida saludables de nosotras las mujeres. Con cada vez más estudios apuntando a la correlación entre el haber sido víctima de abusos y los problemas de autoestima (llegando estos a cristalizar, incluso, en trastornos de la conducta alimenticia) ¿cuál es vuestra propuesta a este respecto, cómo creéis que se puede abordar este sufrimiento desde la posición de la especialista?

Como bien comentábamos en la primera pregunta, los abusos sexuales, acoso y bullying están muy presentes en nuestras sesiones tanto individuales como grupales. El abordaje de estas experiencias es muy delicado y siempre se tiene que hacer desde una posición muy respetuosa, pautada y lenta. El ritmo y la manera de incidir siempre estará en constante revisión y supervisión al ritmo de cada persona. No hay que olvidar que son experiencias traumáticas que crean mucho sufrimiento y que marcan de manera muy clara el desarrollo de cada mujer. Por ello, el abordaje desde la ternura, la autocompasión y el respeto es muy necesario. Estos casos requieren de un ritmo muy lento que respete el momento de cada mujer. Desde estas experiencias, en muchas ocasiones proponemos también el trabajo grupal desde organizaciones que incidan en estas experiencias, para poder sentirse acompañadas y respaldadas en todo momento.


·Por último, quisiera preguntaros ¿cuál es vuestro lema de cabecera, aquello que le diríais a una mujer que no sólo padece por su autoestima y su relación con su cuerpo, sino que ya quiere tirar la toalla? A veces, todas necesitamos un poco de apoyo.

A nuestra consulta muchas veces vienen mujeres que ya han probado todo, que han pasado por diferentes especialistas y nos dicen “es que estoy cansada”.


Y desde aquí dejamos claro tres ejes muy importantes: tienes la suerte de que tu cuerpo te habla, tu cuerpo te avisa cuando hay algo que no funciona. Esa alarma, en tu caso, está muy relacionada con la relación con el cuerpo y la comida. Cuando esa relación tiene etapas que son más conflictivas, es importante que puedas atenderlas, porque te están dando mucha información de aquello que te pasa, de que hay algo que no estás atendiendo. En otras personas, puede que la alarma se active de otras maneras: hacer muchas cosas, deportes de riesgo que creen emociones fuertes, alcohol, drogas, relaciones tóxicas, tabaco…. Tu cuerpo tiene esa salida.

Desde ahí, es importante atender a que el TCA es el automatismo que tu cuerpo ha elegido para reclamar atención, para que pares y te atiendas. Así, es como si tu cuerpo tuviera una patita coja, y a esa patita coja es importante que puedas diseñarle una muleta a tu medida, una muleta con tus colores, con tu altura y que siempre puedas ir revisándola, puedas ir tuneándola porque a lo mejor conforme vaya pasando el tiempo esa patita necesite otro tipo de soporte, otro diseño, etc. Es un trabajo de largo recorrido y de escucharte constantemente, de oír esas señales que tu cuerpo te está mandando. La niña te está gritando, te está pidiendo que la mires.

Dale gracias a tu trastorno porque ha elegido una opción menos adaptativa que hace que tengas que atenderte de manera más incisiva.

Asimismo, algo que hace descansar mucho, aunque parezca mentira; es que tomen consciencia que es algo que siempre te va a acompañar, tu cuerpo siempre te va a preocupar y ese síntoma en ocasiones se puede reactivar cuando aparezcan imprevistos o situaciones que les hagan sufrir. La idea es, como hemos comentado, poder encontrar esa muleta a tu medida, exclusiva y única; con herramientas para enfrentarte a esas situaciones y que no tenga que saltar la alarma.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Querido Psiquiatra: Soy cuerpo, y mi mente también lo es.


Reflexionar sobre las lecturas sociales y comunitarias de la llamada “enfermedad mental” o locura siempre me lleva a plantearme una pregunta: ¿estoy negando acaso la vinculación de tantas de mis dolencias psicológicas o emocionales con la biología, con la neurociencia y sus entresijos?

Sin embargo, cada vez tengo más claro que no somos quienes nos resistimos al patológico modelo biologicista de la salud mental las que estamos pasando por encima del cuerpo y su funcionamiento. Al revés: es ese planteamiento científico occidental, pariente de sangre de la economía liberal e imprescindible para el patriarcado, el que proporciona herramientas a los médicos y especialmente a los psiquiatras que se empeñan en diferenciar sistemáticamente el cuerpo y la mente. Es la herencia filosófica, científica y religiosa de la cultura hegemónica la que nos condiciona para privilegiar a la mente, ahora entendida como el cerebro y sus neurotransmisores, como si se tratara de un “sujeto” que es posible diferenciar y sustraer del “objeto” que es nuestro cuerpo.
Lo que quiero decir con todo esto es que por supuesto que la biología, entendida como la ciencia que estudia a los seres vivos y nuestros “procesos vitales”, tiene mucho que ver con la salud mental; pero un modelo médico que bebe de la racionalización de la mente como “comandante” supremo del cuerpo, como elemento ajeno al cuerpo, nunca será capaz de beneficiarnos fundamentalmente a las personas con los denominados “problemas de salud mental”.

Y es que ¿nos importa tanto la influencia de lo biológico sobre lo psicológico si ignoramos la manera en que nuestras vivencias vitales se inscriben en nuestros cuerpos y modelan nuestro cerebro (un órgano, al fin y al cabo, enteramente plástico)? ¿Si nos medicamos periódicamente (ingiriendo, al fin y al cabo, drogas legales) para “reconducir” los caudales de nuestros cerebros pero dejamos de lado prácticas como la meditación, el yoga, el ejercicio físico en general o el contacto con la naturaleza y con otros seres humanos que nos cuiden y se dejen cuidar? ¿Se trata verdaderamente de intereses científicos íntegros, de velar por el bienestar de los seres humanos, o de obedecer a los intereses comerciales de las farmacéuticas cuando se privilegian unos tratamientos y se menosprecian otros con la excusa de la “biología”?

Porque no se trata ya de protestar contra la manifestación de los sesgos sistémicos en la administración de un tratamiento u otro por parte de especialistas, es decir, de señalar la probabilidad de que a un niño negro le diagnostiquen "trastorno de adaptación" sipresenta los mismos síntomas que un niño blanco con diagnóstico de “autismo”. De señalar, también, esa misma probabilidad de que a una mujer le diagnostiquen “trastorno límite de lapersonalidad” presentando los mismos síntomas que un hombre, al que lediagnosticarían “trastorno por estrés post-traumático”. Que a esa misma mujer, si es heterosexual, le diagnosticarían antes “depresión” y si es lesbiana o bi,el susodicho trastorno de la personalidad. Y podría seguir y seguir y seguir.
Pero, sencillamente, no se trata de eso.

Porque no basta con “reformar” la psiquiatría; no basta con exigirles a los especialistas que nos tratan que traten de mantener sus prejuicios aprendidos al margen de los diagnósticos y las pastillas y los encierros a los que nos arrojan. Se trata de ir a la raíz de la cuestión, y si vas a la raíz, te acabas dando cuenta de que los cimientos al completo de la institución de la psiquiatría, de la medicina incluso, están impregnados de violencia y prejuicio.

¿Hay acaso violencia mayor que aquella que categoriza los cuerpos y los comportamientos en “más funcional” o “menos funcional”, en vez de según criterios de dignidad y bienestar vitales? Es esa la misma violencia que categoriza nuestras mentes en “enfermas” y “sanas”, según el mismo criterio de gran utilidad económica de la “funcionalidad”, y que niega nuestro derecho a estar tristes (y, especialmente si somos mujeres sistemáticamente violentadas, a enfadarnos). A sentir emociones “malas”, “equívocas”, “negativas”. Como si cada emoción no fuera intrínsecamente necesaria y esencial.

Y, contra esta violencia sistémica, no queda sino construir maneras de vivir y sentir alternativas dentro de nuestras posibilidades en esta sociedad. El primer paso, nadie me va a convencer de lo contrario, es empezar a escuchar a nuestros cuerpos; y no necesitamos del “teléfono loco” que supone el psiquiatra para que nos traduzca las señales de nuestra cabeza y nuestros órganos.
Claro está que, para todos aquellos sujetos profundamente traumatizados por la truncada convivencia en estos contextos tan violentos (de formas más o menos directas, más o menos sutiles); escuchar a nuestros cuerpos es a menudo un arma de doble filo. Si mi cuerpo ha desarrollado hipervigilancia para sobrevivir a un ambiente de maltratos escolares o familiares, de abusos sexuales o de racismo o de machismo en el trabajo ¿cómo hago para escucharlo? Si parece que todo lo que hace es disparar mis alarmas a todas horas, protegiéndome de un peligro que o bien es inevitable independientemente de mis esfuerzos por mantenerme alerta; o bien ya ha menguado.

Sin embargo, me mantengo en mis trece: escuchemos a nuestros cuerpos. Escuchar a nuestros cuerpos, al fin y al cabo, no implica obedecerlos; nuestros cuerpos los configuran al final del día nuestras decisiones también, con quién me quedo, dónde me quedo, cuándo y por qué me quedo. Un cuerpo que se asusta a todas horas también merece ser escuchado, y nunca dejado de lado en favor de una falsa racionalización de pensamientos “fiables” y pensamientos “irracionales”.

No pretendo concluir otra cosa que la siguiente: integrar la biología en la ecuación de nuestra salud mental no puede ser simplemente un reto de los psiquiatras que nos tratan, que tan a menudo nos medicarán con droga que, más allá de lo insalubre y cronificante que pueda llegar a ser; está ante todo diseñada en gran medida para que podamos seguir yendo a trabajar o a estudiar y nuestros síntomas no sean tan vistosos, tan marcadamente diferentes.

No, integrar la biología en la ecuación de nuestra salud mental implica comprender de una vez, como tantos pueblos colonizados sí han comprendido a lo largo de la Historia de la Humanidad, que nuestras mentes no son entes separados de nuestros cuerpos que gobiernen las irracionalidades e impulsos de estos. Que hablar de salud implica hablar del cuerpo, porque somos cuerpo, y seremos cuerpo, y hemos sido cuerpo por mucho que se nos pretenda, demasiadas veces, convencer de lo contrario anulando nuestras reacciones fisiológicas y las inscripciones históricas del dolor ancestral en estas.

lunes, 16 de octubre de 2017

Entrevistando a la Resistencia: Javier Erro, autor de Saldremos de esta

En la sexta entrega de la sección Entrevistando a la Resistencia, en que entrevisto a activistas, artistas y, en la mayoría de los casos, ambas; os traigo una entrevista con Javier Erro, autor del libro Saldremos de esta: Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis (Facebook: Javier Erro).


1. ¿Qué te motivó a escribir el libro Saldremos de esta?

Lo que principalmente me motivó… o mejor, creo que es mejor explicar un poco el momento. Fue cuando empecé a trabajar como psicólogo, venía de los movimientos sociales, acostumbrado a aplicar una perspectiva crítica a todo lo que había a mi alrededor; al comenzar a trabajar como psicólogo, me planteo cómo aplicar esta perspectiva crítica a mi trabajo, que es donde pasaré mucho tiempo y donde podré plasmar una posible transformación social.
Me puse a buscar material pero, a pesar de encontrar análisis más o menos certeros, la mayoría se basaban en constructos teóricos, sesudos y con un lenguaje muy especializado para personas especializadas en lo revolucionario, o la revuelta. Lo que no habían eran propuestas prácticas y, además, se planteaba que después de la revolución social todos los sufrimientos psíquicos iban a desaparecer, que en mi opinión es una propuesta un tanto utópica.
Además personas cercanas empezaron a pedirme consejo y me puse a reflexionar como alguien que es parte del entorno de otras personas que han experimentado sufrimiento psíquico o como alguien que lo ha experimentado él mismo. Esto me sirvió para hacer un cúmulo, con mi saber (mi conocimiento profesional) y con las experiencias de otras personas que habían experimentado el sufrimiento psíquico.
¿Que por qué escribí esta guía? Porque, pese a formar parte de ciertos movimientos sociales que en principio intentan aplicar una perspectiva colectiva, me di cuenta de que había una ausencia de herramientas concretas, específicas, sin mucha teoría de por medio, desde una perspectiva colectiva para el sufrimiento psíquico.


2. En una sociedad en que los profesionales de la salud mental reproducen tan a menudo conductas dañinas para sus pacientes, llegando incluso a vulnerar sus derechos mediante prácticas como la medicación forzada o la contención mecánica ¿cuál crees que puede ser el papel de un psicólogo concienciado que intente cambiar algo aun trabajando dentro del sistema?

El sistema son muchas cosas al mismo tiempo. Aquí, en España, un sistema público y un sector más privado donde se pueden hacer otras cosas. También tenemos el sector de asociaciones, colectivos de activistas, Grupos de Apoyo Mutuo… en cada uno de estos territorios se pueden hacer diferentes cosas.
En el terreno público no tengo tanta información de primera mano, pero sí conozco casos de profesionales que intentan sumarse a campañas como la de “0 contenciones” y que se han visto presionados o ninguneados por jefes o compañeros. ¿Se puede hacer más dentro del sistema público? Ahí entramos en una polémica, preguntarnos si introducir por ejemplo un Grupo de Apoyo Mutuo dentro de las instituciones las mejora, o si anula esta propuesta al quitarle el elemento de alternativa.
En cuanto a las asociaciones, por ejemplo de familiares, muchas llevan a cabo un discurso biologicista tradicional y psiquiatrizado; además, a menudo reciben subvenciones por parte de farmacéuticas. Por otro lado tenemos colectivos más de base, como FlipasGAM en Madrid o GAMValencia aquí, que tratan de crear desde una perspectiva completamente horizontal alternativas a las instituciones. Para mí tienen una potencialidad que me parece impresionante, a muchos niveles, a nivel pragmático y a nivel de discurso, pues están aportando visiones nuevas que yo todavía no había visto.
Después quedaría el sector privado, donde yo me muevo ahora mismo, teniendo mi consulta. La verdad es que tienes un poquito más de libertad respecto al sistema público, institucional, pero estás limitado por factores como el económico; tienes que cobrar una cantidad de dinero que hace que no sea accesible para todo el mundo.
Así, en todos los sectores hay un montón de contradicciones. Pero ¿qué puede hacer un profesional en ese sentido? Creo que lo primero es repensar, replantearse en todos los sentidos. Replantearse el tema de los privilegios dentro de los tratamientos o las terapias, cómo los espacios sanitarios son lugares donde el profesional ejerce un poder, disfruta de una serie de privilegios lo quiera o no (que se traducen en una serie de opresiones para la persona con sufrimiento psíquico, todo micro, pero no por ser micro deja de ser importante).
Un ejemplo de un privilegio del psicólogo o psiquiatra es elegir qué lenguaje se va a utilizar, qué temas se van a hablar y qué temas no. El privilegio de poder ser crítico con su propio trabajo, cosa que la persona con sufrimiento psíquico no se suele poder permitir.
Yo creo que ese es el primer paso, y creo que dado el contexto actual en España de explosión de colectivos y activismos de salud mental, hay que esperar un poquito más antes de dar otro paso, ver qué sucede, reflexionando. Y dando paso al debate, que no se está dando ahora mismo dentro del contexto profesional.


3. En tu libro no se habla mayoritariamente de diagnósticos, sino de vivencias o dolencias. Para ti ¿cuál es la diferencia entre ambas etiquetas (pues ninguna deja de serlo)?

La primera diferencia es la de “quién nombra qué”. Los diagnósticos son nombres que hemos puesto, que ponemos los profesionales, a diferentes sufrimientos; y “sufrimientos” me parece un término más global, más válido incluso, que engloba algo que le puede pasar a muchas personas.
No es lo mismo decir que una persona está diagnosticada con un Trastorno de Ansiedad, o con Abuso de Sustancias, que decir que está experimentando un sufrimiento psíquico que le conlleva ansiedad, abuso de sustancias, o lo que sea. Si ya planteas que lo que la persona está pasando es por un sufrimiento psíquico, entonces la atención que le vas a dedicar va a ser completamente diferente; la forma en que vas a hablar con esa persona va a ser totalmente diferente.
Si una persona tiene un diagnóstico de depresión vas a ir directamente a tratar esos síntomas, mientras que si está experimentando un sufrimiento psíquico vas a tratar de hablar lo que le sucede, pues el sufrimiento debe ser compartido.
El diagnóstico ahora mismo es lo que es, pero tiene una historia detrás que marca lo que es; está atravesado por una historia, la historia de la psicopatología, una serie de discursos e ideologías más o menos conservadoras (generalmente bastante) que son las que han marcado que tengan que ser este tipo de clasificaciones tan cerradas y tan exclusivistas.
Una reflexión que no se hace sobre los diagnósticos y sobre, en general, la psicología y la psiquiatría, es una historia crítica (hay alguna excepción, como Rafael Huertas). Recoger esta historia crítica puede llevarnos a afilar mejor lo que tiene que ser o lo que tiene que dejar de ser este sistema de diagnóstico.
También me gustaría apuntar que no me gustaría ser yo quien plantee una alternativa sólida al sistema diagnóstico existente, porque entonces se podría convertir en otro nuevo sistema cerrado, con las mismas taras que lo que tenemos ahora mismo. Esta es una cuestión sobre la que yo creo que hay que reflexionar mucho, el tema de las escuelas terapéuticas, que muchas veces deciden o se auto-proclaman más liberadoras que lo que existe ahora mismo (proclamando que tienen una relación más horizontal con las personas o que promueven un cambio social). Yo no digo que esto no sea así, sino que pueden convertirse en la nueva hegemonía dentro de la salud mental, que hay que centrarse en reflexiones mucho más globales, como por ejemplo el término sufrimiento psíquico, el término horizontalidad, el término colectivo, el término social… también el feminismo, también el racismo, toda una serie de opresiones que se entrecruzan. En vez de hablar de psicoanálisis, Gestalt, psiquiatría comunitaria, psicología social, terapia narrativa o un montón de ejemplos.


4. Si acudiera a ti una persona “loca”, “enferma mental” o cómo queramos o quiera llamarse desesperada por encontrar comprensión y apoyo en un mundo que no promueve la auto-comprensión y los cuidados sino el seguir a ciegas las pautas dictadas por psiquiatras que demasiado a menudo nos tratan de forma impersonal ¿qué le dirías? ¿Cuál o cuáles serían tus consejos?

Ojalá lo supiera. A mí sí que me gusta el término “empoderamiento”. Suele haber una crítica, la gente suele decir “no me gusta el término pero lo voy a utilizar”, pero a mí me gusta: el poder existe, va a seguir existiendo, y es mejor tenerlo nosotros que no tenerlo.
Empoderarse puede ser encontrar la capacidad de criticar al profesional que te está tratando, sea psiquiatra, sea psicólogo o sea lo que sea; supone revalorizar esta perspectiva más colectiva, centrada en el entorno, partiendo de la base de que los trastornos no existen, que lo que existe es una sociedad con problemas para aceptar, encajar el sufrimiento psíquico; o que la persona sea capaz de acomodar, transformar su entorno para adaptarlo al sufrimiento psíquico que está pasando. Creo que es una perspectiva bastante interesante. Una transformación de lo que entendemos por cuidados colectivos y por cuidados institucionales, institucionalizados.
También recomendaría mucha auto-formación, pues estamos hablando de algo tan importante como la vida de esta persona, y todo lo que tenga que ver con auto-gestionar el conocimiento, incluso generarlo uno mismo, me parece también importante; y es algo que no se promueve.


5. En las presentaciones de tu libro y en los posteriores debates, habrás recibido todo tipo de críticas más o menos constructivas hacia su contenido. ¿Puedes compartir con nosotras alguna de las reflexiones que más te han aportado, así como alguna experiencia que te haya conmovido y emocionado?

Efectivamente, he recibido muchas críticas. En Barcelona recibí una, que me llamó la atención y con la que estoy más o menos de acuerdo, que consistía en que el libro no dejaba de aportar una perspectiva centrada en la persona; es decir, un poco individualista, lo cual es cierto. Y también me plantearon en ese mismo debate que en el libro no hablo de cuestiones meramente sociales, lo cual también es cierto. Pero cuándo yo escribí el libro mi objetivo no era proporcionar una herramienta a personas involucradas en movimientos sociales o políticos, sino proporcionar una herramienta a cualquier persona, aunque no estuviera involucrada en estos movimientos.
La perspectiva de hacer activismo solamente dentro del campo de los movimientos sociales es demasiado exclusiva, privilegiada también; y para mí la política, o el campo social, es más amplio y tiene que ver con la sociedad en general, no solo con que los movimientos sociales tengan herramientas privilegiadas a las que el resto de personas no tengan acceso.
Eso como crítica. Asumo la incoherencia, que también es política, soy consciente de ello.
En cuanto a experiencias emocionantes, afortunadamente algo impagable para mí ha sido que muchas personas se acercaban después de muchas charlas y me daban las gracias por haberlo escrito porque les había cambiado un poco la perspectiva. Más que por utilizar las herramientas concretas que yo sugiero en el libro, me han comentado que lo que les ha empoderado (puedo utilizar este término pues hace referencia a la perspectiva que doy, de que la persona puede cambiar su entorno, desde lo colectivo, no desde lo individual) es la perspectiva que les puede haber dado.
Entonces, para mí eso es emocionante, esos momentos han sido bastante bonito. Es lo único que me ha dado la sensación de que realmente he hecho algo que es útil y válido.
Concretamente, en Madrid una chica me regaló un libro (fue un intercambio por el mío) que había escrito. Un libro muy chulo, muy bonito, donde explicaba una época que pasó, una serie de delirios. Me pareció, aparte de ser un gesto precioso, el que me lo diera y la emoción que yo veía que ella sentía; algo impagable.