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sábado, 20 de agosto de 2016

Mujeres y fotografía: para nosotras, de nosotras - por Alba Pérez

"No todos los ojos miran igual tras el objetivo, igual que no todas las luces iluminan con la misma intensidad o no todos los ángulos muestras lo mismo. El arte es para todos, pero parece que nos han asignado lugares estáticos dentro de éste. El fotógrafo y la modelo, el director y la actriz, el pintor y la musa. El arte, del mismo modo, se ha convertido en algo invariable, lleno de polvo y monótona predictibilidad. Aun así es casi mágico, salir a la calle y ver a un grupo de chicas haciéndose selfies enfrente de un anuncio estereotipado y plástico de cualquier marca de ropa actual. Verlo es como escuchar susurros risueños entre gritos de guerra, porque no nos sometemos a las formas imposibles en las que nos retratan otros, hoy nos retratamos nosotras, poniendo caras, haciendo posturitas, mirando directamente a la cámara, mirando a cualquier punto menos el principal. Nos retratamos unas a otras, jugando con la magia del autoconocimiento, la solidaridad y la confianza. No todos los ojos miran igual tras el objetivo, y me pregunto qué pensará una fotógrafa buscando trabajo, abriendo una revista y que la bombardeen una retahíla de fotos de mujeres con una firma de hombre al final de la página, me pregunto qué pensará también la modelo, me pregunto si todas lo pensamos alguna vez.


Cindy Sherman

Pero hablemos de la magia, hablemos de que hemos estado siempre ahí, en la moda, en las revistas, en las guerras, hablando alto y claro con flashes buenos y malos y ojos abiertos para captarnos bien. Hablemos de Gerda Taro, que en su objetivo centró conflictos y batallas, hablemos de Cindy Sherman que hizo visible lo que nos habían impuesto como invisible con sus retratos a mujeres en actos cotidianos, sin esa sonrisa de metal frío y duro, sin esa belleza de cristal que se fragmenta en la mirada a fondo. Reales, como nosotras, como solo podríamos saberlo siendo, sintiendo, viviendo el ser mujer. Hablemos de los montajes de Barbara Kruger, protestas visuales del derecho a la mujer sobre su cuerpo, su batalla, la de una mujer contra un sistema, hablemos de ellas.



Barbara Kruger

Pero no solo hablemos del ayer, de las que estuvieron en sus formas más visibles o invisibles, hablemos también del hoy, de la bandera que ondeamos en cada superficie que intentamos conquistar, a golpe de flashes, a golpe de clicks, a golpe de poses reales e infantiles, de muecas que nos hacen facciones desproporcionadas, de sonrisas dentudas y de cuerpos desvergonzados, firmamos la bandera: con cariño de nosotras para las que más queremos, nosotras. Gritemos los nombres de las nuevas voces silenciosas que inundan  las galerías anónimas y nuestros Instagrams. Contemos como Ashley Armitage retrata a mujeres en la piscina, con pelos en los sobacos, en las piernas y en las ingles, con cuerpos parecidos y diferentes, con ropa y sin ropa, con maquillaje, sin él, con pegatinas, con purpurina, con sujetador y sin, comiendo, llorando, realidad. Hablemos de que Petra Collins hizo una colección dedicada a las chicas sacándose selfies, quizá luego las borraron porque no les gustaban, eso no importa. Pasémonos entre nosotras las fotos de Natalia Iguiñiz, retratando el rol de la mujer en la familia, redefiniéndolo.




Ashley Armitage

Y hablemos de ellas, y de muchísimas más, alto y claro, para que todas sepamos que existen, que podemos hacernos una foto sin llevar el bikini nuevo, sin meter barriga, sin estar perfectamente maquilladas, podemos jugar a ser otras, podemos simplemente hacernos una foto serias, entre nosotras, solas, a otras, a cosas, podemos probarlo todo.






Petra Collins

Una amiga me pide que le haga fotos, me alegra, porque serán nuestras, será ella, yo y los secretos que podemos compartir todas, las experiencias, los sueños, la esencia de ser quienes somos, y no saldrá en Vogue, ni será una valla publicitaria de Chanel, será mejor, será nuestra, nos la dedicaremos a nosotras mismas, con cariño y con ganas de vernos, para nosotras de nosotras."
Natalia Iñíguez


Alba Pérez - http://elvxrtedero.blogspot.com.es/ - twitter.com/AlbaTenenbaum

viernes, 8 de julio de 2016

Cuerpos contra idealismos

Hace unos meses, escribí un artículo llamado “Cómo amar tu cuerpo en 10 sencillos pasos”. Quitando algunas críticas que me acusaban de ser la versión feminista de Mr. Wonderful, todo fueron aplausos: recuerdo especialmente las fotografías que me mandó una seguidora de los post-its de su carpeta con mis consejos escritos sobre papel fosforescente, que me llegaron al corazón.
En su momento, tenía la mejor de las intenciones y en absoluto pretendía ser la versión feminista de Mr. Wonderful. Cada consejo pretendía ser una solución para problemas que me habían llevado años de auto-odio y quebraderos de cabeza; pretendía condensar en unas cuantas líneas toda mi experiencia de detestarme, aceptarme, y luego por fin empezar a quererme.

Ahora, sin embargo, no me gusta ese artículo. Me pone nerviosa leerlo y estoy de acuerdo con las críticas que recibió: es un artículo perfecto para la Cuore, con algún toquecillo más revolucionario, pero perfecto para la Cuore si le aplicamos unos cuantos retoques. Un artículo fácil de digerir, dirigido a un público de lágrima fácil (el mismo público que yo conformo) y de carácter marcadamente optimista.

¿Qué es lo que ha cambiado desde que lo escribí, si realmente solo han pasado unos pocos meses? ¿Si se basaba en una experiencia personal que sigue construyéndose como mi Biblia al hablar de amor propio? ¿Si incluso mencionaba la necesidad de dejar de lado estar guapa, de querernos vivas y libres?

Lo que ha cambiado es que leí un artículo en un libro que me compré en la bendita Fira del Llibre Anarquista de València. Un artículo llamado “Nuestros cuerpos: territorios ocupados”, encuadrado en un libro que trataba de nuestro cuerpo y nuestra complicada relación con este.
Y ese artículo me abrió los ojos a un mundo oscuro y nocivo, a un mundo venenoso que emponzoñaba nuestras miradas y nos dejaba los ojos chorreando arsénico que plantaba semillas de auto-destrucción al derramarse por todo nuestro cuerpo. Ese artículo me recordó que hablar del cuerpo no puede ser hablar sólo de lo individual, del primer odio y la consecuente batalla por el amor propio, sino también de lo colectivo: de cómo la sociedad en general y los hombres en particular trataban y tratan nuestros cuerpos independientemente de nuestra relación con ellos.
De cómo ocupan nuestros cuerpos, ­­­de cómo acabamos disociándonos de estos para poder sobrellevar la realidad de vivir en un cuerpo usurpado por manos ajenas.

Este artículo me hizo visualizar la otra cara de la moneda; me ayudó a darme cuenta de que más allá del escrutinio al que sometemos a nuestros cuerpos, está la separación que implementamos entre nosotras mismas y estos. De que el problema no es tanto vivir demasiado pegada a mi cuerpo para vigilarlo; como lo es vivir alejada de él y de su realidad cotidiana de comer, moverse, dormir.
Unas chicas que matan de hambre a sus cuerpos ¿están obsesionadas con estos, o demasiado distanciadas de ellos como para poder complacer sus necesidades más básicas? Quizás os parezca una mera distinción en el planteamiento, pero para mí, se ha convertido en una distinción importantísima.

Porque he empezado a plantearme hasta qué punto puedo proclamar que “amo”, que “acepto” incluso mi cuerpo, cuando todavía no se me permite habitarlo plenamente.

Así, me planteo hasta qué punto hemos sido (he sido) individualistas, idealistas incluso, al centrarnos en querernos antes que en analizar cómo nos ha afectado la ocupación de nuestros cuerpos por parte de medio mundo a la hora de relacionarnos con ellos. Hasta qué punto hemos presionado a muchas chicas para que se sacaran selfies y empezaran a mostrarse desnudas, lo cual está muy bien, pero no les hemos proporcionado ninguna herramienta para ayudarles (ayudarnos) a entender por qué eran incapaces de comer cuando tenían hambre o por qué se desconectaban de la realidad cada vez que tenían sexo.

Lo cual no está tan bien.

Creo que, por un lado, ha sido por un mero acto de supervivencia: ante un mundo que sacaba las garras cada vez que aparecía un pelo o un kilo de más, hemos tratado de seguir adelante con lo puesto y para ello ha sido necesario querernos un poquito. Creo que la realidad era demasiado dura como para verla en todo su espanto sin echarse a llorar y después de tantas lágrimas derramadas por los pelos y los kilos de más, necesitábamos alguna que otra sonrisa para compensar.
Y soy la primera que ha necesitado un cierto optimismo desde el feminismo, la primera a la que quererse un poquito le ha ayudado a mejorar su calidad de vida. Soy la primera que defiende la supervivencia como algo más que “reformismo”.

Pero, por otro lado, me parece que si fagocitar y remodelar nuestros planteamientos les ha sido tan fácil a las empresas, los noticiarios y el neoliberalismo igualitarista en general es porque, al final del día, de revolucionarios tenían poco. Porque nos dedicábamos más a consolar a la víctima que a señalar a los culpables, porque éramos las primeras en maquillar las mejorías como si de ganar la guerra se tratara.
Yo he participado en una pegada colectiva de adhesivos con el lema Eres Más Que Tu Talla. He visto el brillo en los ojos de mis compañeras, la rapidez con que se ha expandido por toda España e incluso América del Sur. Me he dado cuenta de cuán necesario era recordarnos que estamos todas juntas en esta dura jornada del querernos, pero también de con qué facilidad convertían los medios (y a veces, nosotras mismas) nuestra lucha contra un canon patriarcal en una batalla individual por “amar nuestras curvas”.

¿Por qué me planteo “amar mis curvas” antes que aprender a convivir con este jodido cuerpo que tan difícil me lo pone todo en un mundo que no existe para él? Porque aprender sobre mi cuerpo, conocerlo, implicaría darme cuenta de quién tiene la culpa de que este se haya hecho pequeño: los hombres que han tratado de usurpármelo y la sociedad que ha ocupado sin reparos el espacio que le correspondía a este mi cuerpo.

A lo que me refiero es a que responsabilizarnos a nosotras mismas de querernos y escribir artículos de lágrima fácil sobre cómo hacerlo es mucho menos duro que señalar a los culpables y ahondar en la mierda de cuán jodida está la relación con nuestro cuerpo. Querernos está bien, está genial, pero quizás es el objetivo final y no el camino y antes hace falta una concienciación colectiva de cuál es la situación global de los cuerpos de las mujeres, de cómo son usurpados no solo mediante básculas y dietas sino también mediante todo tipo de operaciones tanto legales como ilegales para robarnos el control sobre estos.

Por eso, este es un llamamiento a todas, y especialmente a mí que soy la primera que he pecado de esto, para dejar de tenerle miedo a la realidad que enfrentamos. Para sentarnos en círculo, abrir debates en redes sociales, y hablar de lo que nos pasa con nuestros cuerpos. Más allá de si los odiamos. Más allá de si los queremos. Hablar de cómo los tratamos. De cómo los concebimos. De cómo los habitamos.

Y este es un llamamiento, ante todo, a establecer las conexiones entre las ablaciones del clítoris y la ilegalización del aborto. Entre la histórica patologización de la rabia femenina mediante el diagnóstico de histeria y el encierro de mujeres trans en cárceles de hombres. Entre las tallas excluyentes y la esterilización forzosa de mujeres negras, indígenas, discapacitadas, enfermas.
Porque nuestros cuerpos los han ocupado, históricamente, y los siguen ocupando hoy día. Porque aunque parezca que no, lo que le hacen a mi coño y lo que le hacen a mi cintura, lo que le hacen a tu pene y lo que le hacen a sus pechos tiene una constante en común: la toma de algo que no es suyo para regularlo, controlarlo, extirparlo, lobotomizarlo, empequeñecerlo, esterilizarlo… usurparlo.

Porque somos Las Usurpadas. Como dijo Eduardo Galeano, somos las dueñas de nada, porque nos han quitado lo más nuestro.

Y fingir que podemos recuperarlo pronunciando cuatro trucos mágicos frente al espejo y sacándonos muchas selfies no nos va a devolver nuestros cuerpos, solo versiones prestadas de estos.

martes, 9 de febrero de 2016

Mujeres, comida y revolución

La anorexia, la bulimia, los trastornos alimenticios no son casos aislados. No son tragedias de una sola paciente, ni de unas pocas tampoco. No son enfermedades mentales; porque son mucho más: son enfermedades sociales.

Y afirmo esto sin dudar ni un segundo.

Porque ahondando en la web descubro que el 65% de las mujeres estadounidenses tienen problemas con la comida.

Y lo peor es que este dato no me sorprende: tan solo me proporciona una estadística con que respaldar algo que yo sabía, que es que casi todas las mujeres tenemos problemas con la comida.

¿Cómo no tener problemas con la comida cuando esta va intrínsecamente ligada a conceptos como el de belleza, disciplina y fuerza de voluntad? ¿Cómo no tener problemas con la comida cuando las revistas de mujeres están repletas de fotografías de modelos de cuerpos irreales, actrices retocadas y trucos para perder peso en un tiempo exprés? 

¿Cómo no tener problemas con la comida cuando, como leí una vez, les repetimos a las niñas tantas veces lo guapas que eran que acabaron creyendo que no podían llegar a ser nada más?

Pero continuemos.

El 67% de las mujeres estadounidenses están intentando perder peso.
Más de la mitad de estas mujeres no necesitan perder ese peso.

El 37% de mujeres estadounidenses se saltan comidas regularmente para perder peso.

El 39% de las mujeres estadounidenses dicen que su preocupación por la comida y el peso interfieren con su felicidad.

Y si no sois mujeres, probablemente os preguntaréis ¿de dónde salen estos datos? ¿Dónde están esas mujeres infelices por su peso, incapaces de comer con normalidad, que se saltan comidas para adelgazar? ¿Si más de la mitad de las mujeres tiene problemas con la comida, eso quiere decir que mi novia, mi madre, mi hermana, mi hija y mis amigas tienen problemas con la comida?

Y yo os respondo: sí. Y para ser más franca, os contaré una historia. Una historia que no es personal, que es colectiva: la historia de todas las niñas que crecimos con miedo de nuestro reflejo en el espejo, metiendo barriga y temiendo el número que mostrara la báscula. La historia de todas las niñas que crecimos haciendo malabares con la comida.

A los 11 años, decido dejar de ir a la playa y la piscina porque juzgo que no tengo suficiente pecho como para llenar un bikini.

A los 12 años, soy incapaz de ir a comprar sujetadores sin echarme a llorar. Relleno el mío de papel higiénico y rezo porque no se note.

A los 13 años, meto barriga cuando llevo traje de baño intentando parecer más delgada y, por ende, más bonita.

A los 14 años, mis amigas se quejan de lo gordas que están cuando pesan incluso menos que yo.

A los 14 años, “gorda” o “fea” es lo peor que se me puede llamar siendo chica. Todas temblamos de miedo al oír esas palabras utilizadas como insultos y ni siquiera se nos pasa por la cabeza la posibilidad de que no tienen por qué serlo.

A los 14 años, una de mis mejores amigas tiene que convencerme para ir a una excursión del instituto porque no me atrevo a mostrarme en bikini delante de mis compañeros.

A los 14 años, soy yo la que tengo que convencer a una de mis mejores amigas para que se bañe en la piscina de un campamento porque le da vergüenza que le vean las mollas.

A los 14 años, la madre de acogida de una familia de intercambio inglés nos cuenta que a los 17 años perdió a casi todas sus amigas. Murieron de anorexia. Ella sobrevivió para contarlo.

A los 14 años, el chico que me gusta del campamento le dice a mi prima que no hablará conmigo porque soy fea. Me duermo llorando.

A los 16 años, tengo que amenazar a una amiga con chivarme a sus padres si no deja de vomitar porque está empezando a escupir sangre.

A los 16 años, la hermana pequeña de 13 años de mi novia ya ha estado internada antes por anorexia. Mi novia no se atreve a comer en público porque está gorda.

A los 16 años, dejo de ir a clase y están a punto de suspenderme la evaluación porque no me siento lo suficientemente guapa como para salir de casa. Mi psicóloga lo llama “episodio obsesivo-compulsivo”. Yo me pregunto si no me he limitado a llevar al extremo una obsesión que todas compartimos.

A los 17 años, mi ex novia se echa a llorar yendo de compras porque no encuentra tallas que le sirvan a su cuerpo.

A los 17 años, vuelven a internar a la hermana pequeña de mi ex novia por anorexia.

A los 17 años, mi hermana de 13 años me cuenta que una de sus amigas de verano vomita lo que come para adelgazar.

A los 17 años, pienso que ya que no puedo ser guapa, al menos estaré delgada. Por suerte, no aguanto más que unos días sin comer más que una manzana y un zumo al día.

A los 17 años, una de mis mejores amigas me confiesa que vomita lo que come.

A los 17 años, me cuentan que la ex novia de una amiga común follaba con camiseta para que no le vieran la tripa.

A los 17 años, una amiga de verano se descarga una aplicación para calcular cada caloría de cada gramo que ingiere en la comida.

A los 17 años, una amiga me pasa a mí la bolsa de Cheetos porque le da vergüenza que un grupo de chicos desconocidos la vea comer “comida de gorda”.

A los 17 años, una de mis mejores amigas me cuenta que fue anoréxica y la internaron por dejar de comer. A veces aún se le olvida hacerlo.

A los 17 años, me enamoro de otra chica. Ya ni siquiera me sorprendo cuando me cuenta que solía vomitar lo que comía.

A los 17 años, desconocidas acuden a mí en Twitter para pedirme ayuda para volver a comer. Para pedirme ayuda porque su novia, su hermana, su amiga se auto-lesiona porque no se quiere y ha dejado de comer.

A los 18 años, leo en Twitter que una amiga tiene ganas de “volver a meterse los dedos” porque ha salido de compras y las tallas no le estaban.

A los 18 años, empiezo a conocer a otra chica. Ya ni siquiera me sorprendo cuando me cuenta que tuvo problemas con la comida. Es el pan mío de cada día. El pan nuestro de cada día.

A los 18 años, hablo sobre acoso escolar porque un niño se ha suicidado y me llegan historias de niñas martirizadas por “gordas”.

A los 18 años, empiezo a conocer a otra chica. Ya ni siquiera me sorprendo cuando me cuenta que tuvo un trastorno alimenticio. Es el pan mío de cada día. El pan nuestro de cada día.

A los 18 años, estoy cansada. Me levanto todos los días en un mundo en el que tengo miedo de que las mujeres a las que quiero dejen de comer.

A los 18 años, estoy cansada. Me levanto todos los días en un mundo en el que mujeres mueren por impedirse a sí mismas comer.

A los 18 años, estoy cansada. Estoy acostumbrada a odiar mi cuerpo; es una costumbre que he heredado de las mujeres de mi familia, que he pulido con mis amigas.

A los 18 años, estoy cansada. Temo no decirle lo suficiente a mi pareja cuánto adoro su cuerpo, con cada centímetro de grasa, por si acaso cree no ser suficiente.

A los 18 años, estoy cansada. Me sé de memoria los trucos para adelgazar. Mis amigas vomitan con demasiada facilidad cuando beben, es la costumbre.

A los 18 años, estoy cansada. Soy la rara de mis amigas porque nunca he probado a hacer dieta.

A los 18 años, estoy cansada. No me parezco a ninguna de las modelos de anuncios y carteles. Todas tienen más curvas que yo y, gracias al quirófano, logran combinarlas con un vacío en la barriga.

A los 18 años, estoy cansada. Pretenden que miles de mujeres que pesamos más que las modelos nos conformemos con 3 o 4 iconos de “tallas grandes” en la tele.

A los 18 años, estoy cansada.

A los 18 años, mi madre me pregunta por qué soy tan radical y estoy tan enfadada con el mundo. Ese mismo mundo que ha intentado matarnos de hambre. Me pregunto cómo no estarlo.

Pero a los 18 años, algo cambia. Es gracias a un trabajo interno que me ha llevado años; le ha costado dinero a mis padres, tiempo y paciencia a mi terapeuta, muchísima fuerza a mí misma. Pero ya no me odio.

Ir de compras ya no es una tortura, es una diversión. Si lloro, será de la risa probándonos ropa extravagante.

Me atrevo por fin a ponerme sujetadores sin relleno ni push-up. Fotografío mis pechos y en los buenos días, me gusta lo que veo; en los mejores, me da igual porque sé que soy mucho más que eso.

Mi ex novia, ahora una de mis mejores amigas, se atreve por fin a llevar camisetas cortas estando gorda.

Mi novia y mis amigas vuelven, poco a poco, a comer. Yo ya no dejo de hacerlo.

La hermana con anorexia de mi ex novia sigue viva. Se está recuperando.

Mi mejor amiga ya no ha vuelto a vomitar la comida.

A los 18 años, en el colectivo feminista en el que estoy empapelamos Valencia de pegatinas contra el canon de belleza. La campaña se extiende por todo el país, llega a los miedos e incluso traspasa nuestras fronteras.

A los 18 años, somos tendencia nacional escribiendo en Twitter sobre cómo somos más que nuestra talla.

A los 18 años, me preguntan en una entrevista por qué hemos empapelado ciudades contra el canon de belleza. Yo me pregunto cómo no íbamos a hacerlo. No recuerdo qué respondo, pero lo llamo contraataque por dentro.

A los 18 años, mi madre me pregunta por qué soy tan radical y estoy tan enfadada con el mundo. Ese mismo mundo que ha intentado matarnos de hambre. Me pregunto cómo no estarlo.

A los 18 años, me dicen que el feminismo actual ya no es revolucionario. Me dicen que la lucha por el amor propio de las mujeres no es revolucionaria. Me pregunto si tampoco llaman dictadura a la del canon de belleza.

A los 18 años, me dicen que los hombres también sufren el canon de belleza. Yo no lo niego, pero ¿acaso sus vidas y las de sus hijos, nietos, hermanos, primos, padres, novios, esposos y amigos están también manchadas de hambre y de vómito?

A los 18 años, me pregunto qué hacemos mis amigas y yo en comparación con las sufragistas. Entonces recuerdo que hemos rescatado nuestras vidas del hambre y el vómito. Y cada día luchamos porque otras decenas, cientos, miles de chicas las recuperen también.

A los 18 años, me pregunto para qué me sirve a mí el feminismo en mi día a día. Entonces recuerdo que mis amigas y yo ya no queremos morirnos de hambre.

A los 18 años, me dicen que la lucha por el amor propio de las mujeres no es revolucionaria. Me pregunto si acaso los que lo dicen han perdido alguna vez sus vidas en las manos del espejo y la comida. Me pregunto si acaso recuperarlas no es, de alguna forma, nuestra propia revolución.

A los 18 años, me pregunto si tengo motivos para estar orgullosa de mí misma. Entonces recuerdo que he aprendido a quererme en un mundo que odia mi cuerpo. Lo llamo revolución.

A los 18 años, estoy más enamorada de mi cuerpo de lo que jamás lo estaré de nadie. Lo llamo revolución.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Cómo amar tu cuerpo en 10 sencillos pasos

Cómo amar tu cuerpo en 10 sencillos pasos:

1. Reconoce cuánto te ama. Date cuenta de que nunca le correspondes y aun así sigue amándote así.
Reconoce cómo tu cuerpo sana y cicatriza tus heridas, acumula cada gramo de comida para nutrirte, aguanta sin agua ni sueño, soporta drogas y sustancias.
Dale las gracias. Pídele perdón por dar tanto por sentado, aunque lo cierto es que nunca te ha culpado.

2. Encuentra las partes de ti que sí te gustan. Resáltalas. Subráyalas.
Si odias tu nariz pero te gusta tu boca, cómprate un pintalabios. Si detestas tus piernas y no quieres enseñarlas, encuentra el tipo de pantalón que más las favorezca. Si no puedes soportar mirarte al espejo de cuerpo entero, maquíllate y haz una obra de arte de tu cara.
No tienes por qué dejar de odiar lo que llevas años detestando, pero empieza a amar aquello que nunca te ha estorbado lo suficiente como para llamar tu atención.

3.  Deja de hacerle daño. Si no puedes mimarlo, al menos para de herirlo, insultarlo, desnutrirlo.
Cúrate las heridas, vuelve a desayunar todas las mañanas, manda callar a tu cabeza cuando te encuentres con tu reflejo.
Puede que no sea tu amigo, pero ¿qué te ha hecho tu cuerpo para ser tu peor enemigo?

4. Cuida de él aunque lo encuentres feo. La gente cuida de sus bebés y los bebés son feos.
Relaciónate con tu cuerpo como lo harías con un bebé: trátalo como un proyecto en construcción, como una promesa que respira. Descubre cuánto te queda por crecer y no te des por perdida.
Mímate. Cómprate jabones, acepta los besos ajenos y aprende a dártelos tú. Regálale ejercicio, paseos, comida deliciosa y saludable, personas que te llenen, libros interesantes, películas fascinantes, sexo genial.

5. No esperes a amarlo para actuar como si ya lo hicieras. Finge. Sobreactúa.
Bromea sobre lo buena que estás en vez de sobre lo fea que eres. No consientas a nadie que se ría de ninguna parte de ti. Sobrevalora tus logros, prémiate por cada notable como si fuera un sobresaliente, apláudete.
Al actuar como si te amaras, sólo se te acercarán personas dispuestas a amarte tanto como pareces hacerlo tú. Personas a tu altura. Personas que te valoren y te enseñen, poco a poco, a valorarte.

6. Deja de observarlo y empieza a utilizarlo: es un instrumento, no un adorno.
Baila, salta, agujeréate la ceja. Hazte un tatuaje. Fotografíate. Pinta sobre tu piel.
¿No has oído nunca eso de que el arte no tiene por qué ser bello, basta con que te haga sentir algo?

7. Si este mundo le queda pequeño, constrúyele otro a su medida. A su altura.
Compra por Internet en tiendas que sí tengan tu talla. Deja de ver America’s Next Top Model y cámbialo por una serie cuya protagonista sí se parezca a ti. Deja de leer revistas sobre cómo perder peso, cómo hacer que tu pecho parezca mayor, cómo librarte de los granos.
Empieza a escribir en su lugar un libro sobre cómo amarte a ti misma y te prometo que un día serás capaz de acabarlo.

8. Aprende a relacionarte de forma natural con tu cuerpo desnudo. Tócate frente al espejo.
Duerme desnuda. Quítate el sujetador más a menudo. Acaricia tu pecho plano de mujer. Extiende loción sobre las partes que más odies de tu cuerpo.
Acepta tu desnudez.

9. Desaprende la belleza obligatoria. Explora con libertad tu fealdad.
Ríete demasiado alto aunque se te pongan muecas, sal de todas formas aunque no te haya dado tiempo a lavarte el pelo. Hazte un septum en esa nariz torcida, cómprate una camiseta con la que se te vea la tripa.
Como leí una vez, no somos guapas, no somos feas, estamos enfadadas. La rabia te liberará.

10.  Haz memoria. El resto vendrá solo, aunque tarde.

Lo prometo.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Carta de amor a mi cuerpo III, por @nxdrc

La tercera entrega de esta maravillosa serie que tanto me alegro de haber desencadenado nos viene de la mano de Aran Lo, @nxdrc en Twitter. Leedla y que os llene tanto como a mí el hacerlo y a ella, espero, el escribirla.

"Querido cuerpo:

Hoy, 26 de noviembre, quiero pedirte perdón.

A lo largo de la vida te he estado maltratado en innumerables ocasiones y he pagado contigo todos mis malos momentos cuando, al fin y al cabo, tú seguías ahí.

Quiero pedirte perdón por haber tardado tanto en aceptarte tal como eres, por haber tardado tanto en darte lo que necesitabas.

Quiero pedirte perdón por todo lo que te hice en esa mala racha, ¿recuerdas? Yo jamás lo podré olvidar porque te hice mucho daño. Quiero disculparme por cada corte, cada golpe y cada quemadura. Siento muchísimo el haberme atiborrado de comida y luego haberte forzado a escupirlo todo fuera de mí, sabiendo el daño que estaba causando. Por otro lado, también siento mucho esas temporadas en las que te mataba de hambre y te bañaba en lágrimas deseando despertar con unos centímetros menos de ti.

Siento mucho haber sido una estúpida.

Siento no haberte mimado más de vez en cuando, como cuando salíamos a correr o a pasear y disfrutábamos tanto, o cuando atendía a tus necesidades a su debido tiempo, o cuando te daba cosas deliciosas y saludables.

Hoy, prometo cuidarte y protegerte hasta el fin de mis días. Prometo aceptarte y amarte. Prometo llenarte de risas y de buenos momentos; prometo darte abrigo cuando tengas frío; y te vestiré con la ropa que más te guste, y todos los días te recordaré lo bonito que eres. Te daré relajantes baños con jabones de mil olores, y protegeré tu piel con la crema que más suave la deje. Te acariciaré cada mañana y al dormir, y nunca, nunca, me separaré de tu lado.

Fdo.: una mente desordenada que, aunque no te lo diga muy a menudo, te quiere más de lo que imaginas."

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Carta de amor a mi cuerpo I

Esta es la primera entrega de una serie de cartas de amor al cuerpo propio que he decidido iniciar con la ayuda de mis seguidoras de Twitter y amigas (que, a menudo, son las mismas). La ha escrito Jara, @xeretag, y yo se la publico. Porque nos queremos. Porque nos pedimos perdón. Y nuestros cuerpos siempre, siempre, siempre, nos quieren de vuelta y nos perdonan a la primera.

"A mi cuerpo:

Ven, ayúdame a recoger los pedazos que aún nos quedan, a intentar juntarlos. Volvamos a ser una, que se ama y se respeta, no porque debe hacerlo, sino porque sabe que lo merece.

Ven, quiero contarte que nunca he dejado de quererte, es solo que me he acostumbrado a hacerlo mal, de cualquier manera algunas veces, exigiéndote lo imposible mientras yo no ponía nada de mi parte otras.

Ven, quiero demostrarte que puedo volver a hacerlo bien, como cuando no comparaba cada centímetro de ti con el resto, como cuando no te ponía metas inalcanzables, como cuando no te  culpaba por cada gramo de más, por cada estría, cicatriz o lunar. Como antes de que le declarase la más sangrienta de las guerras al vello que te cubre.

Ven, quiero devolverte cada  noche sin dormir, cada día sin comer, cada abrazo que no dejaste que te dieran por mi culpa. Porque eres digna de ellos, porque te pertenecen. Después arrancaremos uno a uno los “no puedes” que cosí en tu piel. Que los “no sirves”,  “no vales”, “no mereces” desaparezcan para dejar paso a los “eres válida”, “eres capaz”, “eres digna”.

Ven, vuelve a ser hogar, perdóname para que pueda hacerlo yo también. Tal vez nunca seré capaz de verte tal y como eres frente al espejo, por eso te pido que tus piernas me sostengan ahora y tus dedos me acompañen a recorrerte de nuevo, despacito y sin miedo, disfrutando, memorizando y aceptando cada uno de tus rincones.

Ven conmigo, compañera, y jamás volveré a privarnos de vestir (y desvestir) como nos guste, de pasearnos por donde nos plazca, de comer cuanto nos apetezca, de reír, de gritar, de saltar, de llorar, de follar, de decirle al mundo entero que somos válidas, que nos gustamos.


Ven, vamos a hacer esto por nosotras, por las que todavía piensan que no merecen quererse, por las que jamás podrán hacerlo, por las que morirán en el intento, por las que ni siquiera lo intentan, por las que aprenderán a vivir con ello, por las que no quieren, por las que no se atreven a reconocerlo, por las que fingen hacerlo, por las que simplemente lo hicieron siempre, por las que han luchado hasta conseguirlo, por las que solo son capaces de hacerlo a veces."