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jueves, 27 de octubre de 2016

¿Qué es el capitalismo? - por Borja

Capitalismo, Estado (burgués) y clase trabajadora: una aproximación, por Borja Ascaso (twitter.com/borjalibertario).

Todas sabemos, grosso modo, que como clase trabajadora –y oprimida- vivimos bajo un orden social, político, económico y cultural que nos afecta directamente de forma negativa. ¿Pero que es el régimen capitalista? ¿Cómo se desenvuelve y cuáles son sus características principales? En este artículo intentaremos dar respuesta a estas preguntas.  Como diría Engels,  “(El Estado moderno) no es sino un comité que administra los problemas comunes de la clase burguesa”. Con esta famosa  cita, Engels venía a decir que el actual Estado moderno no era –y es- más que un instrumento que utiliza una clase dominante y poseedora de los medios de producción (industrias, tierras, empresas, etc.) para salvaguardar e incrementar sus privilegios y beneficios económicos.

Un régimen económico y político de tipo capitalista es aquel que se caracteriza por la existencia de dos grandes clases sociales. Por un lado, y arriba de la pirámide social, tenemos a la clase capitalista o empresarial la cual es la que posee los medios para producir y comerciar. Y por otro lado tenemos a la gran masa de población, la clase trabajadora, que tiene que venderse a esa clase empresarial para poder recibir un salario y así subsistir. Este tipo de organización social implica una doble opresión de la clase capitalista contra la clase trabajadora, pues ésta última siempre dependerá de la clase empresarial para poder subsistir y, además, la clase capitalista, al tener a su merced al Estado y sus políticos, provoca que las leyes sean siempre favorables a la clase empresarial y vayan contra los intereses de la clase trabajadora.

¿De dónde sale el beneficio de la clase empresarial? La clase trabajadora, al trabajar para el empresario de turno lo que hace es generar un beneficio para el empresario llamado plusvalía o plusvalor. ¿En qué consiste la extracción de la plusvalía de la clase trabajadora? Imaginemos que un trabajador utiliza un telar e hila algodón. El algodón que usa diariamente para hacer el hilado tiene un valor de 100 euros. El obrero trabaja diez horas diarias y genera un nuevo valor de 50 euros. De forma paralela, el desgaste del telar, la luz, el agua, etc.  provoca un incremento de unos 10 euros de valor. Si hacemos la suma con los datos anteriores, nos da como resultado que ese puesto de trabajo cuesta 160 euros. ¿Dónde queda, pues, la ganancia del empresario? El trabajador ha añadido 50 euros de valor con su trabajo en el hilado, pero el empresario NO devuelve ese valor producido por el trabajador, pues solo le pagará, en forma de salario, el mínimo indispensable para subsistir. Si este trabajador necesita una media de 25 euros para mantenerse diariamente (comer, vestirse, etc.), el empresario le pagará 25 euros, lo cual es equivalente a 5 horas de trabajo. De esta forma, el trabajador pasa 5 horas (la mitad de su jornada laboral) trabajando para producir su salario, y otras 5 trabajando gratis para generar una plusvalía que irá a parar al bolsillo del empresario. 

El capitalismo en la actualidad se enmarca dentro de una fase que llamamos “imperialismo”. ¿En qué consiste este capitalismo imperialista? Se nos presenta de forma no oficial, es decir, que el imperialismo actual no existe teóricamente, pero que en la práctica sigue expoliando países enteros (básicamente del llamado Tercer Mundo). Por ejemplo, Estados Unidos (y de forma similar la Unión Europea) ejerce un control casi total en muchos países del mundo debido a su poder económico, político y militar, así como su gran influencia en organizaciones internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. En el caso de la Unión Europea, las antiguas metrópolis (Francia, UK o España, por ejemplo) siguen controlando parte de la economía y de la soberanía de sus antiguas colonias. Según el revolucionario comunista ruso Vladimir Ilich Lenin, el capitalismo imperialista se caracteriza por cuatro grandes rasgos:
1-      La producción se concentra en monopolios, es decir, que unas pocas familias controlan casi toda la totalidad de los diferentes sectores de la economía.
2-      El capital financiero, es decir, el sector bancario, se convierte en la piedra angular de la economía de todos los países del mundo.
3-      La exportación de capital es mucho más importante que la exportación de mercancías, lo cual provoca que las grandes potencias penetren más en los países más pobres y los expolien aun más.
4-      La formación de grandes organizaciones internacionales, tales como el FMI o el BM, que tienen por objetivo repartirse el mundo y sus riquezas.

El capitalismo también se basa en la discriminación de todo tipo como forma de dividir a la clase trabajadora. Las mujeres siguen cobrando menos dinero que los hombres por hacer el mismo trabajo, los inmigrantes siguen siendo tratados como ciudadanos de segunda (a veces ni eso) que deben encargarse de los trabajos más duros y que nadie desea. Por no hablar de lo importante que es para el régimen capitalista el mantenimiento de la familia patriarcal como forma de mantener a la mujer sumisa tanto en el hogar como en el puesto de trabajo. Para que los hombres trabajadores pudieran producir eficientemente, desde el surgimiento del capitalismo en el siglo XVIII, se ha necesitado siempre una mano de obra gratuita –las mujeres- que se encargaran del trabajo reproductivo, de ahí la importancia del patriarcado para el capitalismo.

Y hasta aquí esta breve introducción al capitalismo. Esperamos y deseamos que la lectora mantenga el interés por formarse más en este tema y a partir de aquí considere oportuno leer más sobre este tema. La bibliografía sobre el tema aquí esbozado es, por suerte, muy extensa. 

sábado, 20 de agosto de 2016

Mujeres y fotografía: para nosotras, de nosotras - por Alba Pérez

"No todos los ojos miran igual tras el objetivo, igual que no todas las luces iluminan con la misma intensidad o no todos los ángulos muestras lo mismo. El arte es para todos, pero parece que nos han asignado lugares estáticos dentro de éste. El fotógrafo y la modelo, el director y la actriz, el pintor y la musa. El arte, del mismo modo, se ha convertido en algo invariable, lleno de polvo y monótona predictibilidad. Aun así es casi mágico, salir a la calle y ver a un grupo de chicas haciéndose selfies enfrente de un anuncio estereotipado y plástico de cualquier marca de ropa actual. Verlo es como escuchar susurros risueños entre gritos de guerra, porque no nos sometemos a las formas imposibles en las que nos retratan otros, hoy nos retratamos nosotras, poniendo caras, haciendo posturitas, mirando directamente a la cámara, mirando a cualquier punto menos el principal. Nos retratamos unas a otras, jugando con la magia del autoconocimiento, la solidaridad y la confianza. No todos los ojos miran igual tras el objetivo, y me pregunto qué pensará una fotógrafa buscando trabajo, abriendo una revista y que la bombardeen una retahíla de fotos de mujeres con una firma de hombre al final de la página, me pregunto qué pensará también la modelo, me pregunto si todas lo pensamos alguna vez.


Cindy Sherman

Pero hablemos de la magia, hablemos de que hemos estado siempre ahí, en la moda, en las revistas, en las guerras, hablando alto y claro con flashes buenos y malos y ojos abiertos para captarnos bien. Hablemos de Gerda Taro, que en su objetivo centró conflictos y batallas, hablemos de Cindy Sherman que hizo visible lo que nos habían impuesto como invisible con sus retratos a mujeres en actos cotidianos, sin esa sonrisa de metal frío y duro, sin esa belleza de cristal que se fragmenta en la mirada a fondo. Reales, como nosotras, como solo podríamos saberlo siendo, sintiendo, viviendo el ser mujer. Hablemos de los montajes de Barbara Kruger, protestas visuales del derecho a la mujer sobre su cuerpo, su batalla, la de una mujer contra un sistema, hablemos de ellas.



Barbara Kruger

Pero no solo hablemos del ayer, de las que estuvieron en sus formas más visibles o invisibles, hablemos también del hoy, de la bandera que ondeamos en cada superficie que intentamos conquistar, a golpe de flashes, a golpe de clicks, a golpe de poses reales e infantiles, de muecas que nos hacen facciones desproporcionadas, de sonrisas dentudas y de cuerpos desvergonzados, firmamos la bandera: con cariño de nosotras para las que más queremos, nosotras. Gritemos los nombres de las nuevas voces silenciosas que inundan  las galerías anónimas y nuestros Instagrams. Contemos como Ashley Armitage retrata a mujeres en la piscina, con pelos en los sobacos, en las piernas y en las ingles, con cuerpos parecidos y diferentes, con ropa y sin ropa, con maquillaje, sin él, con pegatinas, con purpurina, con sujetador y sin, comiendo, llorando, realidad. Hablemos de que Petra Collins hizo una colección dedicada a las chicas sacándose selfies, quizá luego las borraron porque no les gustaban, eso no importa. Pasémonos entre nosotras las fotos de Natalia Iguiñiz, retratando el rol de la mujer en la familia, redefiniéndolo.




Ashley Armitage

Y hablemos de ellas, y de muchísimas más, alto y claro, para que todas sepamos que existen, que podemos hacernos una foto sin llevar el bikini nuevo, sin meter barriga, sin estar perfectamente maquilladas, podemos jugar a ser otras, podemos simplemente hacernos una foto serias, entre nosotras, solas, a otras, a cosas, podemos probarlo todo.






Petra Collins

Una amiga me pide que le haga fotos, me alegra, porque serán nuestras, será ella, yo y los secretos que podemos compartir todas, las experiencias, los sueños, la esencia de ser quienes somos, y no saldrá en Vogue, ni será una valla publicitaria de Chanel, será mejor, será nuestra, nos la dedicaremos a nosotras mismas, con cariño y con ganas de vernos, para nosotras de nosotras."
Natalia Iñíguez


Alba Pérez - http://elvxrtedero.blogspot.com.es/ - twitter.com/AlbaTenenbaum

sábado, 30 de julio de 2016

Las imazighen: un pueblo que resiste

Este será el primero de una entrega de cuatro artículos sobre el pueblo amazigh, en un intento por amplificar las voces indígenas del Norte de África. Este artículo nos lo traen Sara (twitter.com/anarchistsara), Cheba Sara (twitter.com/sheitana_), Manal (twitter.com/kadbenx) e Imane (twitter.com/RIFFIAN), cuatro jóvenes amazigh llenas de orgullo.
¿Quiénes son los imazighen?
Los imazighen son un pueblo nativo del Norte de África, uno de los grupos étnicos más antiguos de la historia, que ha sobrevivido a la colonización de varias civilizaciones, primero la fenicia, luego la romana, y finalmente la árabe, que tuvo un gran impacto en la identidad de muches norteafricanes de la época, y cuya influencia sigue vigente hoy en día.
La civilización árabe conquistó el Norte de África en el año 647 d.C., lo que desencadenó un proceso al que llamamos arabización. La arabización es un "lavado de cerebros", de manera que se obligaba a les natives a convertirse al Islam, y si se resistían, les esclavizaban. Estaban obligades a llamarse a sí mismes "árabes" para acceder a los estatus más altos de la sociedad. Toda persona que se convertía al Islam para sobrevivir a la invasión no sólo dejaba su propio pasado atrás, sino las costumbres y tradiciones de todo su grupo étnico, haciendo que este se desintegrara y perdiera unidad.
Por supuesto, no todo el mundo se rindió: algunos grupos étnicos se rebelaron contra les árabes y lucharon contra elles, como les rifeñes, que escaparon a las montañas. Gracias a su valentía y la de otros grupos étnicos (ishilhiyen, zayane, kabilios), hoy en día el Norte de África todavía conserva su milenaria cultura que les árabes una vez quisieron arrebatar, pero no pudieron.
Uno de los cambios más drásticos que se produjo con la llegada de la civilización árabe fue el del papel de la mujer en la sociedad.
En la antigua sociedad amazigh, las mujeres estaban al mando: ellas eran las jefas de las tribus, las que dirigían a les soldados (entre les cuales también había mujeres)... etc. Eran respetadas. La mujer disponía de privilegios que el hombre no tenía, como el de poder tener relaciones sexuales con varias personas antes del matrimonio. Desgraciadamente, con la conquista árabe se vieron obligadas a renunciar a ellos, ya que se tergiversaron las palabras del Corán mediante malas traducciones de parte de hombres para someter a las mujeres e imponer la supremacía masculina.

viernes, 18 de diciembre de 2015

5 razones por las que los derechos de los animales son una cuestión feminista, por Aph Ko

Este es un artículo sobre la intersección entre el feminismo y la liberación animal (veganismo) escrito por Aph Ko y traducido por Álex que me ha hecho el maravilloso favor de pasármelo para publicarlo. Me ha parecido interesantísimo y espero que os enseñe tanto como a mí.

Cinco razones por las que los derechos de los animales son una cuestión feminista.

Los derechos de los animales son un asunto feminista. Hale, ya lo he dicho.

De hecho, la cosificación y explotación de vidas animales debería hallarse bajo un gran escrutinio por parte de las feministas, dado que el feminismo va sobre luchar contra el modo en que el patriarcado rechaza los intereses y la subjetividad de algunos seres por el beneficio de los arbitrariamente designados seres “superiores”.
Lo que resulta más terrorífico es que la vulnerabilidad percibida de los animales se usa como una justificación implícita para su abuso.
En otras palabras, debido a que los animales no pueden defenderse, dar o negar su consentimiento, u organizarse en resistencia, nosotros los humanos sentimos que podemos hacer con ellos lo que queramos, normalmente bajo la falsa apariencia de que estamos “cuidando” de sus intereses.
Hay algunas barreras que generalmente nos impiden entender como opresiva la situación de los animales. Por eso puede que no resulte obvio por qué algunas feministas sostienen que esto es una cuestión feminista.
Pero lo es. Aquí hay cinco razones por las que lo es.

1. Los cuerpos de los animales también están cosificados.
Ser cosificado significa que el cuerpo y la vida de alguien existen para el placer o beneficio de otro.
Como feministas, la mayoría de nosotras somos expertas en retórica cosificadora cuando se trata del cuerpo femenino en los medios. Por ejemplo, sabemos que con regularidad las mujeres son reducidas a objetos sexys de atrezzo en historias protagonizadas por hombres. También sabemos que las mujeres son violadas, golpeadas, acosadas y asesinadas de forma rutinaria porque tendemos a ser visualizadas como objetos de placer para los hombres, en contraposición a seres plenamente sintientes que experimentamos placer por nosotras mismas.
Como dice Jean Kilbourne, “…convertir a un ser humano en una cosa, un objeto, casi siempre es el primer paso hacia la justificación de la violencia contra esa persona.”
Cuando cosificas cuerpos, ves esos cuerpos como cosas que te sirven para un propósito específico.
De forma similar, los cuerpos de los animales no humanos son reducidos a cosas carnales (literalmente) que pueden ser consumidos o usados en proyectos científicos dolorosos y faltos de ética.
Los animales son considerados “menos que”. Culturalmente no son vistos como seres independientes que experimentan dolor, placer y un rango de emociones, y que se relacionan socialmente. Por esto, los animales padecen una horrible violencia sistemática que a menudo ni siquiera es cuestionada.

Ser cosificado explica por qué en tantas industrias se usan ratones, monos, cerdos, conejos y otros animales no humanos en horribles experimentos científicos, porque nos hemos condicionado a no tener consideración por ellos. Esto explica por qué los animales no humanos padecen unas duras condiciones en la industria del entretenimiento como pueden ser los acuarios, o incluso los simios en cine y publicidad, para que los humanos nos podamos reír.
Para nosotras se vuelve culturalmente incómodo cuando consideramos que los animales no humanos tienen emociones, pueden experimentar dolor y depresión, etc.
La cosificación de los animales ha tenido tanto éxito que han sido totalmente despojados de su subjetividad: ellos existen para nosotros.

2. Los cuerpos de los animales se usan para normalizar la cultura de la violación
Los animales tienen sexo. Por lo tanto, las torturas infligidas a los animales son específicas a su sexo y no es una sorpresa que para las hembras, su capacidad para criar condiciona de una forma abrumadora el modo en que sus cuerpos son controlados.
La ganadería intensiva, e incluso las prácticas llevadas a cabo en las granjas “humanitarias”, institucionalizan el sexo forzoso como un violento sistema de opresión. La mayoría de los animales que son asesinados cada año son sacrificados dentro del sistema de la cría intensiva. Las hembras padecen una vida de repetidas violaciones y embarazo perpetuo, y una vez que se han “gastado”, son sacrificadas.
Los “potros de violación” –un término real de la industria para referirse al dispositivo que se usa para inmovilizar a los animales durante la inseminación- aseguran la fecundación constante de animales como vacas y cerdas mientras que las gallinas se crían para que produzcan un apabullante número de huevos, lo cual provoca un enorme estrés en sus cuerpos, causando dolencias reproductivas como la retención de huevos y otras enfermedades.
Como feministas, consumir cuerpos violados y torturados de animales no humanos mientras luchamos contra la cultura de la violación parece un tema digno de estudio.
También está el otro asunto del control institucional de los cuerpos femeninos…

3. La violencia doméstica daña a los animales
Conforme a un artículo del New York Times titulado “El abuso animal como indicio de maltratos adicionales”, Diana S. Urban, congresista demócrata de Connecticut, declaraba que “el maltrato animal es uno de los cuatro indicadores que usa el F.B.I. para estimar un futuro comportamiento violento”.
Hay una clara correlación entre dañar a los animales no humanos a una edad temprana y hacer daño después a seres humanos.
La Asociación Humanitaria Americana (American Humane Association, la que nos dice en los títulos de crédito de una película que ningún animal ha sido maltratado durante la grabación de la misma) expone que en el 88% de los hogares donde se produce maltrato infantil también ocurre maltrato animal. En cuanto a las mujeres que acuden a centros de la mujer buscando ayuda, más de la mitad declaran que su pareja amenazó con hacer daño a sus mascotas.
La correlación entre la violencia contra mujeres y niñas y la violencia contra animales no humanos demuestra como el patriarcado daña a aquellas que son marginalizadas y a menudo desempoderadas.
De hecho, muchos centros de la mujer aceptan a animales no humanos. Está probado que las mujeres tienden a no dejar a una pareja abusiva si no pueden llevarse a sus animales de compañía, ya que temen por la vida de sus mascotas. Debido a esta fuerte correlación entre la violencia contra la mujer y la violencia contra los animales no humanos, la mayoría de los estados recogen penas aplicadas al delito de maltrato animal.
La violencia es interseccional, así que nuestro movimiento para terminar con la violencia también debe serlo. Los animales no humanos también sufren bajo el patriarcado.
Hablando de interseccionalidad…

4. La interseccionalidad debe incluir a todos los grupos oprimidos
Es raro que no exista un hilo de comentarios feministas donde no se proclame en algún momento que “hasta los animales son mejor tratados que las mujeres”. Incluso en manifestaciones como las recientes protestas de Ferguson se podían oír comentarios del tipo “a un perro se le habría respetado más que a Mike Brown”.
 El lenguaje que rodea a los animales no humanos hace uso constantemente de una moral jerárquica que sugiere que ciertos grupos son más valiosos que otros, dando a entender así que la situación de ciertos grupos es más importante o significativa que la de otros.
Una actitud similar se refleja también en los discursos concernientes a los humanos cuando asumimos que la lucha por los derechos de un grupo debe demandar nuestra atención por encima de la lucha de otro grupo,  o que un grupo merece un mejor trato que otro a pesar de que ambos grupos pertenecen a espacios de opresión.
Un gran ejemplo de esto se da en el feminismo radical trans-exclusivo (TERF), donde las cisfeministas excluyen a las personas trans porque no creen que dichas personas sufran la opresión del mismo modo en que ellas lo hacen.
También hay algunas feministas blancas que no creen que el racismo tenga cabida en su agenda feminista porque la opresión “de género” es un asunto más acuciante a pesar del hecho de que las mujeres de color sufren opresión racial de género.
La interseccionalidad es un desarrollo teórico que nos ayuda a combatir dichas actitudes. La interseccionalidad nos ayuda a ver las conexiones entre distintos sistemas de opresión.
La realidad es la siguiente: la gente de color, mujeres, personas con discapacidad, la comunidad LGBTQIA+, etc, lo tienen bastante mal. Los animales también, especialmente aquellos que son considerados útiles solo en la medida en que son consumidos, ya sea por su carne o su leche.
Es ridículo intentar “posicionar” cómo de mal lo tiene cada grupo o asumir que debemos dedicar toda nuestra atención a la lucha por los derechos de un grupo en concreto, o suponer que si la mayor parte de nuestra atención se centra en un grupo en un momento concreto, debe ser porque los otros grupos son menos importantes o “lo tienen mejor”.
Todas estas esferas de opresión son subproductos del mismo mal sistemático – un mal que está fuertemente impregnado del patriarcado blanco supremacista.
Afirmar que a uno de estos grupos se le “trata mejor” que a los otros implica obviar completamente el modo en el cual estas opresiones están entrelazadas e incluso dependen unas de otras.

5. Nuestra sociedad también difunde mentiras sobre los animales
Como feministas, la mayoría de nosotras ya sabemos que las convenciones culturales se usan para naturalizar comportamientos problemáticos.
Sabemos que “son cosas de hombres” es una forma de evitar evaluar críticamente el motivo por el que a los hombres se les permite salirse con la suya al comportarse de forma violenta y destructiva. Es más fácil decir “bueno, los hombres son así por instinto” que relacionarlo con los sistemas de género que crean organismos culturales que actúan de modos específicos.
También vemos estas convenciones que dicen “bueno, los hombres simplemente son más sexuales que las mujeres” para explicar por qué en las películas se nos presenta de forma predominante a mujeres desnudas y no a hombres desnudos. Usamos esta misma convención para justificar por qué ocurren las violaciones. Es un modo de naturalizar las relaciones asimétricas de poder sexual.
De forma similar, en los espacios donde se consumen animales existen convenciones que naturalizan unos horribles sistemas de opresión. Mucha gente dice: “Nunca podría dejar la carne” o “nunca podría hacerme vegana porque me gusta muchísimo el queso”.
Es posible que el queso y las hamburguesas sepan bien, pero mientras tanto, estas convenciones nos desvían de la realidad sistemática en la que los animales no humanos son torturados, asesinados y violados para que nosotras podamos satisfacer nuestra adicción al sabor.
La apatía hacia la violencia nunca debería fomentarse en un movimiento de justicia social.
Las convenciones culturales perpetúan mitos y tradiciones. Por ejemplo, existe el cómodo cuento de que las proteínas solo pueden venir de animales a pesar de que igualmente hay buenas fuentes de proteínas en otras partes.
También sucede al creerse el mito de que matar “humanamente” a un animal es de alguna manera mejor que las condiciones de las granjas; un extraño mito, teniendo en cuenta las palabras “humanamente” y “matar” en la misma frase. El maltrato también está extendido en las granjas “ecológicas”.
Las convenciones nos permiten sentirnos cómodas con los comportamientos problemáticos. Nos permiten desviar la responsabilidad de las acciones que tenemos el poder de realizar.
…
Como feministas, tenemos que politizar incluso las cosas que aparentemente son mundanas en nuestras vidas, como la comida que consumimos. La Dr. A. Breeze Harper, creadora del proyecto Sistah Vegan, dice:
“No puedo ver sin más la comida como un “objeto mundano y cotidiano”. Entiendo el significado que se aplica a la comida como algo que representa una cultura entera de ideologías que lo rodean todo. Por ejemplo, la comida me puede relatar las expectativas sexuales, los roles de género, la jerarquía racial de poder y la capacidad de una sociedad”.

Afrontarlo con preguntas críticas sobre nuestra dieta, así como revisar los organismos de los que hablamos en nuestra teoría feminista, es uno de los primeros pasos para descolonizar nuestras mentes y cuerpos del patriarcado blanco supremacista.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Carta de amor a mi cuerpo II

La autora de esta maravillosa carta es @gata_sorda en Twitter, que se une a nosotras para pedirse perdón y prometerse quererse. Nada más que decir que no diga ya ella.

A mi querido cuerpo:

Hoy te escribo para avergonzarme, te escribo para hacerte saber todo lo que siento haberte hecho pasar, por todo lo que has tenido que soportar.

Perdóname, cabeza, por no dejarte vivir en silencio. Por comerte todas las noches y más de una mañana o tarde. Perdóname por no tenerte en cuenta cuando era el corazón quien hablaba. Perdóname.

Perdón, cuello, por no darte las caricias que mereces. Por no mimarte. Por no dejarte las marcas que necesitas, por no demostrarte que eres lo mas sensible en mí.

Perdonadme, costillas, por tantos golpes, por tantos apretones de aquellos que no merecían acercarse. Perdonadme por arañaros, malcriaros, heriros.
Perdonadme pechos por odiaros. No soy capaz de veros bonitos. No soy capaz de superar la opinión que otros han plasmado. Perdonadme si no os he hecho sentir como debíais, bonitos, valiosos y preciados.

Perdóname, barriga, tanto dentro como fuera, por golpearte, arañarte,lesionarte, por no alimentarte y luego hacerlo demasiado, por haberte hecho tragar tantas sustancias que no debías, y cuando las has intentado devolver prohibírtelo. Perdóname, no lo merecías ni mereces.

Perdonadme brazos por morderos, y sobretodo muñecas, perdonadme. Sois de las que más busco perdón. Sois en las me he desahogado, sois las que aún tenéis marca de la desgracia de otros. Sois las que aun tenéis que soportar presión, tristeza, enfado. Perdonadme. Siempre habéis sido mis compañeras, siempre habéis sido mi apoyo, y no he hecho más que maltrataros, dañaros, arañaros, apretaros. No merecíais nada de eso, merecíais y merecéis lo mejor. La alegría, los dibujos. Miles de mariposas que os envuelvan. Que os acaricien. No más cuchillas, no más filos, no más cristales, solo seda acariciándoos.

Perdonadme, caderas, por no valoraros cuando tocaba y exhibiros cuando no. Por entregaros a cualquier promesa tonta de felicidad y gozo. Por dejaros pasar el peor momento de mi vida. Por dejar que las manos de aquel intruso se posaran en vosotras, y no su cara en mis puños. Perdón por los golpes una vez más, cuerpo mío, perdón por no perdonarte ni una de mis desgracias.


Perdón, piernas. Por todo. Y vosotras, actualmente malheridas, incapaces de ser mostradas a nadie más que no respete lo que os he hecho. Vosotras que me aguantáis en pie, que me recogéis y me arropáis cuando más desesperada estoy. Que me habéis hecho huir, esconderme de lo que debía, disfrutar. Os he lesionado, un mes de venda no fue suficiente con el deporte que me lo hizo. Perdonadme por ser la manera de refugiarme de lo que le había hecho a mis muñecas, perdonadme por quedar marcadas para siempre. Perdonadme por no contenerme. Por decir «no se ve, nadie lo sabe, nadie lo siente si no se ve». Perdonadme por recibir caricias donde no debíais, caricias que os han dañado. Caricias que han hecho que hoy y ahora estéis dañadas. Caricias que no deberían prometer nada y llevan demasiado sueños detrás. Perdonadme piernas por no saber cuidaros. Por maltrataros, otra vez. Por no saber refugiarme en otro lugar más que en la sangre que emanáis. Por no preocuparme si esto se mancha, si esto no se cura. No son vuestras cicatrices las que quiero curar.

Perdóname, corazón, por hacerte caso. Por hacer lo que decías cuándo eso solo traía dolor. Traía que te acurrucaras en mi pecho. Perdóname por hacerte latir más rápido de lo que debías. Por hacerte ir más lejos de lo que podías llegar. Perdóname.

Perdóname, cuerpo. Perdonadme cabeza, cuello, pechos, barriga, piernas y sobre todo: perdonadme, pies, por llevaros donde no debía, por arrastraros donde no quería, por machacaros por llegar donde sí quería.

Perdón. Perdóname. 


viernes, 20 de noviembre de 2015

Machismo en Ciencias

La colaboración de hoy consta de dos experiencias de amigas íntimas mías, sobre un tema que también es muy importante para mí: el machismo en la educación y, sobre todo, el machismo en las Ciencias.
Creo que todos sabemos ya que el machismo es imperante en nuestras aulas; que faltan referentes femeninos, no ya porque en su época el acceso de la mujer a la Ciencia fuera todavía más complicado que hoy en día, sino porque a las que sí lo consiguieron las hemos vuelto invisibles y escondido tras sus maridos y compañeros. Que hay estudios que demuestran que los padres son más reacios a contestar las preguntas de las niñas en museos de Ciencia que las de los niños. Que no educamos a nuestras hijas alentando el deseo a construir e investigar, si no (y es igual de importante, no lo dudo) a cuidar y atender. Muñecas en vez de Legos. Cocinitas en vez de juegos de Magnetos.
Sin embargo, a veces se nos olvida que esto repercute en el día a día de las valientes mujeres que, ellas sí, deciden cursar carreras de Ciencias. Yo estudié un bachillerato científico y ya le noté sus tintes machistas; pero en la Universidad cambié de campo y sin embargo estas amigas mías se han enfrentado directamente al machismo, al ser discriminadas personalmente por ser mujeres, por estudiar lo que estudian.
Espero que su experiencia no solo nos indigne, sino que nos abra los ojos y dejemos de negar las experiencias femeninas cuando nos las cuentan.

"Este artículo no está basado en estadísticas, sino en la experiencia personal.

Ser una mujer en un mundo de hombres es difícil y quien diga lo contrario miente o es tan inocente que debería meterse en una burbuja y no salir.
Ya de normal vivimos en un mundo de hombres, sólo hay que ver que la mayoría del poder, ya sea político o económico, recae sobre hombres; pero hay subsistemas donde no es que haya más hombres, es que ver mujeres es raro. Concretamente en mi facultad de ingeniería informática sólo un 10% del alumnado son mujeres (y otro tanto respecto al profesorado, aunque no tengo cifras exactas). 1 mujer por cada 10 hombres. Hay clases en las que hay una o ninguna chica.

Me gusta estar con chicos. Y no tiene nada que ver con el sexo, ni con que así es más fácil liarte con alguien. Simplemente es más fácil estar con ellos. Al menos en mi experiencia, lo he pasado mucho peor en clases donde la mayoría eran mujeres. Y he estado mejor con hombres.
Pero eso no quita que sea un mundo donde las chicas no son lo más normal. Y eso repercute, mucho.

En primer lugar está la cosificación. Es lo primero que encontré cuando llegué a la facultad. Cada vez que pasaba una chica se quedaban mirándola y analizándola. A mí se me quedaron mirando y no me considero alguien a la que valga la pena mirar de esa forma. Cuando estábamos dentro de clase, y la puerta estaba abierta, si se oían unos tacones la mitad de la clase se giraba para mirar. Debo decir que estos eran los primeros cursos y que la edad media era 17-18 años. Pero aún ahora cada vez que pasa una chica, los chicos se pegan codazos entre ellos y la señalan y comentan. No lo veo mal, al fin y al cabo yo si estoy con mis amigas tampoco voy a dejar de hablar si pasa un chico por delante y nos gusta. Lo malo es lo fácil que salen las palabras como “guarra”. Y de nada sirve que yo diga “No tiene pinta de no haberse duchado” porque enseguida sale de sus bocas: “feminazi”.
Sí, me alegra comunicaros que soy la feminazi de mi grupo de amigos de la universidad simplemente por ser feminista. A veces intento explicarles las diferencias, intento de verdad explicarles cosas importantes como que una mujer no tiene por qué ser una puta por acostarse con muchos mientras un hombre es el puto amo. Pero no lo entienden. Y yo me frustro. Y ellos me llaman feminazi y vuelta a empezar.

Algo que me ha pasado recientemente es que estoy haciendo un trabajo en grupo, yo contra siete chicos. Me estoy sintiendo bastante dejada de lado. Primero me recuerdan que haga cosas con un poco de suficiencia y que yo obviamente sé que tengo que hacer. ¿Por qué me lo recuerdas a mí y no a los demás que son los que no lo hacen? Por otro lado yo iba a encargarme de hacer una cosa que se me da bien (diseñar), al final acabó haciéndolo otro al que le costó el doble de lo que me podría haber costado a mí. Y yo me tuve que dedicar a hacer trabajo casi de secretaria (acordar ciertas cosas del trabajo con la profesora), para que después viniera alguien y tocara lo que había hecho yo porque sí. Me he sentido desplazada y no saber cómo poner solución me trajo más de un ataque de ansiedad (gracias, chicos).
No es la primera vez que me siento así, pero esta ha sido la que más me ha afectado porque no han tenido en cuenta mis capacidades y parece que hayan hecho piña y me hayan apartado.
Sé que puede ser mi percepción y que igual no ha sido su intención, pero con esto quiero mostraros que no es fácil meterse a hacer una carrera “de hombres” siendo mujer y salir indemne. Aún así no dejéis de intentarlo porque lo de las ingenierías para chicos y las letras y sociales para chicas es una de las cosas que más daño hace a la sociedad, desde mi punto de vista.


No me arrepiento de estar donde estoy. Pero ojalá la sociedad estuviera más sana y ninguna mujer tuviera que pasar por cosas así y mucho peores."

Mari Carmen Fombuena, @BrujaEnLaLuna en Twitter.

"Es curioso el pensamiento que tenemos sobre el machismo. Luchamos contra ese monstruo al que aborrecemos, vamos a manifestaciones, evitamos el lenguaje sexista y denunciamos la degradación del sexo femenino, así como la violencia hacia éste. Luchamos por la igualdad.
Bien, esto está más que claro. Pero una cosa es luchar contra ello, que te cuenten que a una conocida de tu vecina le pasó esto, que a una prima de tu amiga le paso eso otro…pero vivirlo tú misma, sentir como te menosprecian por ser mujer…es la peor sensación que he experimentado en toda mi vida.

Estudio arquitectura. Hace unas cuanta semanas mandaron en clase de construcción un trabajo por grupos. Teníamos que analizar una vivienda, hacer un PowerPoint, un documento de mínimo 15 páginas y una exposición en clase. Yo estaba sin grupo aun y cuatro chicos de mi clase me ofrecieron ir con ellos. Yo acepté, me caían muy bien y tenían pinta de trabajadores.

Quedamos un viernes a la salida de clase para hacer el trabajo. Como éramos cinco nos dividiríamos lo más importante y lo juntaríamos a la semana siguiente, vamos, lo que hace todo grupo de trabajo que se precie. Aquí viene lo interesante del asunto. Teníamos que montar el PowerPoint y calcular las cimentaciones de la vivienda (que son las bases que sirven de sustentación al edificio, para que nos entendamos, lo que hay abajo que aguanta la casa). Obviamente calcular esto resulta muchísimo más interesante que hacer un soso PowerPoint, o al menos para mí, y yo me ofrecí a hacerlo. Y cuál es mi sorpresa cuando uno de mis compañeros me responde:

-       No, no, tú mejor monta el PowerPoint, que como eres una chica seguro que se te da mucho mejor. Déjanos el cálculo para nosotros.

Espera, ¿qué? ¿Esto es en serio?
Pues sí. Pestañea todas las veces que quieras que no estoy de broma.
Al parecer para hacer cálculos matemáticos y de estructuras es necesario disponer de toda la fuerza y la inmensa inteligencia que te aporta el hecho de ser un hombre.

 Ante esta situación yo salí por la tangente de “precisamente por ser una chica lo haría igual o mejor que tú”, pero cuando uno tiene la mente tan sumamente cerrada ni a palazos se es capaz de abrir.

Intenté que mis compañeros me ayudaran, pero en lugar de eso guardaron silencio y le apoyaron a él.
Acudí después al profesor de la asignatura, nadie mejor para solucionarlo. Pero para mi sorpresa según él, el problema era mío al haber escogido ese grupo y no otro, y por lo tanto yo debía cargar con las consecuencias. Cágate lorito.

 Nunca en toda mi vida me había sentido peor. Me habían insultado de la peor de las maneras. Yo, por ser mujer, era inferior a ellos, por ser hombres. Y me sentía tan mal, tan sumamente mal. Me sentí sola e incomprendida, insultada y humillada. Es un dolor indescriptible.

Después de esto he de darles las gracias a mis compañeros de delegación de alumnos por ayudarme tanto y darme soluciones reales y efectivas. También a mis padres por apoyarme y ayudarme a denunciarlo y, cómo no, a mis niños, por escucharme y darme fuerzas. Te sientes menos sola cuando comprendes que hay gente que te quiere."

Experiencia anónima de una amiga mía.