martes, 23 de mayo de 2017

Teoría y Praxis de La Loca, parte 1

La loca es, ante todo, una mujer traumatizada.

No todas las mujeres están traumatizadas, en teoría.

Cada mujer que aprieta el paso al volver sola a casa de noche demuestra lo contrario.

Cada mujer que no proclama firmemente “no, no quiero” ante una circunstancia que la violenta en cuerpo y alma demuestra lo contrario.

Cada mujer que hace la “operación bikini” demuestra lo contrario.

Cada mujer que se empequeñece ante el hombre que le levanta la boz demuestra lo contrario.

Esta lista es interminable. Todas las mujeres estamos traumatizadas (algunas, más que otras; no es lo mismo ser una mujer negra y pobre en un país africano en guerra que una mujer negra con estudios universitarios en un barrio marginal de Nueva York, menos aún que una mujer blanca casada con un empresario en un barrio pijo de la misma ciudad).

Todas las mujeres, repito, estamos traumatizadas. No ser capaz de asumirlo es uno de los rasgos básicos del trauma.

Al fin y al cabo, el “Trastorno por Estrés Post-Traumático” se inventa para poder diagnosticar al veterano de guerra: el hombre blanco, previamente estable.

En primer lugar, me pregunto ¿cómo es factible que se empiece a tener en cuenta el trauma cuando es el verdugo el que sangra por dentro? ¿Qué tipo de mundo decide pasar por alto el trauma colectivo y centenario de habitar una tierra usurpada (“conquistada”), un cuerpo esclavizado o explotado?

Un mundo de potencias imperialistas dirigidas por hombres blancos que generan guerras en países ajenos en búsqueda de la acumulación de capital.

Pero no acaban aquí mis preguntas.

En segundo lugar ¿qué era de ese hombre blanco antes de volver de la guerra, antes de partir a la guerra? ¿Era un hombre inestable ya? Si lo era ¿se validaba su inestabilidad, canalizada en forma de agresividad, como pilar básico de la dominación patriarcal y la supremacía blanca?

Mi respuesta es sí.

Los hombres blancos no son “agresivos” porque no son “histéricos” ni “peligrosos”.

Las mujeres que hablan en el mismo tono de voz que ellos, las mujeres impulsivas, las mujeres decididas, las mujeres que no disimulan su propio dolor sí son “histéricas” y hasta no hace mucho se las lobotomizaba por ello.

Los negros, gitanos-romaníes, árabes que conducen coches como ellos (aunque probablemente más baratos), que fuman en parques como ellos (probablemente parques más sucios), que cogen vuelos como ellos (probablemente a países más pobres); sí son “peligrosos” y les esposa la policía tras hacerles bajarse del coche y les asesina de un disparo, les detiene la guardia civil y se les expulsa del país, les para un guardia de seguridad del aeropuerto y no se les permite subir al avión.

Me repito, pero lo tengo claro: la loca es una mujer traumatizada. Todas las mujeres estamos traumatizadas. El trauma empieza a definirse a través de la experiencia del hombre occidental blanco que ejerce a su vez violencias traumáticas para las mujeres y personas racializadas del mundo. Las conductas de este mismo hombre occidental blanco no se patologizan ni se condenan, ni le llevan a la muerte o a la deportación o a la usurpación de sus derechos, como sí les sucede a las mujeres y a las personas racializadas (y especialmente, a las mujeres racializadas).

Sin embargo, si todas las mujeres estamos traumatizadas ¿por qué las locas solo somos unas cuantas (porque “loca” se es, no se “está”)?

Obviamente, no todas las mujeres vivimos la misma experiencia ni sufrimos de forma igual de sangrienta los ataques más o menos directos, más o menos sutiles del patriarcado. Pero esa es tan sólo una aclaración.

El motivo principal por el que, aun estando todas las mujeres traumatizadas, no todas son locas (porque loca se es como se es, por ejemplo, lesbiana; “loca” es una identidad impuesta y reapropiada) es que no todas las mujeres reaccionamos igual al trauma. Algunas callan, otras lloran durante días sin poder levantarse de la cama. Algunas callan, otras escuchan voces y ven manchas borrosas. Algunas callan, otras creen ser perseguidas u odiadas por su entorno. Algunas callan, otras hiperventilan y pierden el contacto con la realidad. Algunas callan, otras se auto-lesionan físicamente y se drogan. Algunas callan, otras se provocan el vómito después de atiborrarse a comida, cuando no ayunan.

Otra lista interminable. Porque las locas somos muy diferentes entre nosotras y reaccionamos al trauma de formas igual de diferentes, pero hay un factor común: nuestras reacciones son formas de resistencia. Y si entre las cuerdas también existen múltiples diferencias (no es lo mismo una mujer empeñada en que la vida le sonríe cuando esta no lo hace que una mujer que sufre pero cuyo sufrimiento nunca será patologizado porque se la necesita como eslabón supuestamente “sano” de la cadena de montaje de una fábrica, porque por ser negra se la identifica con el estereotipo de “mujer fuerte” y se le prohíbe así el acceso a la fragilidad de la llamada “enfermedad mental”); existe igualmente un factor común: su no-reacción es una forma de privilegio.

¿Qué coño quiere decir que reaccionar al trauma es una forma de resistencia? ¿No es, acaso, lo natural? ¿No es, en todo caso, supervivencia o auto-destrucción dependiendo de cómo lo mires y de quién se lo pregunte?

Para mí, reaccionar al trauma es en efecto una forma de resistencia porque reaccionar al trauma, sea de la forma que sea, implica señalar consciente o inconscientemente al mismo mundo que te ha traumatizado. Y recalco el “consciente o inconscientemente” porque esto no quiere decir que las únicas locas seamos las que nos reapropiamos de esta etiqueta política, las que nos hemos dado cuenta de que es el mundo en el que vivimos el que está verdaderamente “enfermo”.

Lo recalco porque lo que quiero decir no es eso, sino que nos demos cuenta o no, nuestros cerebros chillan por nosotras que algo no va bien. Y nuestros cerebros son órganos plásticos que reaccionan al mundo que habitan los cuerpos que los albergan. Nuestros cuerpos. Nuestro mundo de mierda.

Por eso, la locura es siempre para mí una forma de resistencia, quizás una de las formas de resistencia más valientes y peligrosas que conozco. A las locas nos atan e inmovilizan a la fuerza, aislándonos durante horas en habitaciones solitarias. A las locas nos drogan sin informarnos debidamente de los efectos secundarios y la contribución a la cronificación del sufrimiento de la “medicación” que nos recetan. A las locas nos arrebatan a los bebés en los hospitales alegando que no seremos buenas madres, si es que no nos han disuadido ya de serlo ante el convencimiento de que el peligrosísimo “gen” de la “enfermedad mental” lo heredarán nuestras pobres criaturas condenadas ya antes de nacer. A las locas, especialmente si somos racializadas y sobre todo en el caso de que seamos negras, la misma policía a la que nuestro entorno más cercano recurre para ayudarnos nos asesina de un disparo ante cualquiera de las llamadas “crisis” que podamos estar “sufriendo”.

Pero, tras escribir esto, seguía sin tener del todo claro qué diferencia a una mujer cuerda cualquiera de una mujer loca cualquiera. Ha sido al recordar la definición de “persona trans” que me han dado compañeras trans (esta es: aquella que sufre transfobia, y recordemos, la opresión no es solo que te maten o que te nieguen un puesto de trabajo; es también el auto-odio aprendido de una sociedad que te odia en sí misma aunque no siempre te lo demuestre explícitamente…). Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de ser o no ser loca no depende de tu reacción más o menos patológica a un mundo que te traumatiza, del tipo de reacción (neurótica o psicótica, ansiosa o depresiva, alucinativa o delirante; y mil términos más para los que me faltan comillas porque no son sino constructos sociales elaborados principalmente por hombres blancos occidentales, cuerdos, para patologizar una respuesta natural por parte de las oprimidas al susodicho mundo de mierda que habitamos).

Y es que ser o no ser loca depende de estar sujeta o no a sufrir abusos de poder por parte de aquellas y, principalmente, aquellos que no lo son. Depende ya meramente de que exista una jerarquía, un poder acaparado por aquellos que pueden permitirse maltratarte si así lo desean y así les conviene.

La loca no lo es por su diagnóstico ni por su vivencia, por peligroso aunque informativo que sea el primero y crucial que sea la segunda, lo es por la violencia estructural que algunos (y, a veces, algunas) ejercen sobre ella de forma directa o indirecta.

Digo “de forma directa o indirecta” porque anteriormente he enumerado unos cuantos ejemplos de los tipos de violencia más visceral que se perpetúa contra nosotras como locas que somos. Y me he dejado otros, como los comentarios sin ninguna mala intención pero que se acumulan uno detrás de otro (eso que muchos llaman “estigma”, palabra que me chirría por simplificar todas las violencias ya mencionadas y reducirlas a actitudes individuales y discriminaciones laborales) y te llevan a ocultar tu diagnóstico o tomarte la medicación a escondidas en el baño del bar en una cita. Como las presiones sociales para estudiar y trabajar cuando tu cuerpo loco, tu mente loca se ve incapacitada por la sociedad para hacerlo en unos ambientes que no se adaptan a sus necesidades y sus tiempos, tus necesidades y tus tiempos. Y un largo etcétera.

Para concluir, ¿por qué hablo de la loca, y no porque utilice todo el rato el femenino genérico, sino porque hablo en efecto de la mujer loca?

Hablo de la mujer loca porque, si la locura es política, está intrínsecamente ligada a la condición de mujer. Porque el hombre (especialmente el hombre blanco occidental) traumatizado por el sistema que se resiste a este y se “vuelve loco” no ve su realidad patologizada con la misma rapidez y eficacia con la que se patologiza la existencia de la loca, y es así cuando su agresividad se consiente e incluso potencia y retroalimenta; porque podemos ser testigos de como su trauma se ve validado cuando, ante los mismos “síntomas”, al loco se le diagnostica TEPT (Trastorno por Estrés Post-Traumático) y a la loca, TLP (trastorno límite de la personalidad).

Pero hablo de la mujer loca antes que del loco en general o del hombre loco en particular, sobre todo, porque si (como ya he dicho antes) es el mundo el que está “enfermo” es la mujer la que limpia el vómito. Es la mujer la que acaba en carne viva de tanto cargar a su espalda con este reloj maldito cuyos engranajes se le clavan en la piel y le rompen los huesos a más de la mitad de la humanidad.

En definitiva, si la locura es política y es radical, si la locura es resistencia, la mujer loca lo es todavía más y de una forma mucho más visceral.

jueves, 27 de octubre de 2016

¿Qué es el capitalismo? - por Borja

Capitalismo, Estado (burgués) y clase trabajadora: una aproximación, por Borja Ascaso (twitter.com/borjalibertario).

Todas sabemos, grosso modo, que como clase trabajadora –y oprimida- vivimos bajo un orden social, político, económico y cultural que nos afecta directamente de forma negativa. ¿Pero que es el régimen capitalista? ¿Cómo se desenvuelve y cuáles son sus características principales? En este artículo intentaremos dar respuesta a estas preguntas.  Como diría Engels,  “(El Estado moderno) no es sino un comité que administra los problemas comunes de la clase burguesa”. Con esta famosa  cita, Engels venía a decir que el actual Estado moderno no era –y es- más que un instrumento que utiliza una clase dominante y poseedora de los medios de producción (industrias, tierras, empresas, etc.) para salvaguardar e incrementar sus privilegios y beneficios económicos.

Un régimen económico y político de tipo capitalista es aquel que se caracteriza por la existencia de dos grandes clases sociales. Por un lado, y arriba de la pirámide social, tenemos a la clase capitalista o empresarial la cual es la que posee los medios para producir y comerciar. Y por otro lado tenemos a la gran masa de población, la clase trabajadora, que tiene que venderse a esa clase empresarial para poder recibir un salario y así subsistir. Este tipo de organización social implica una doble opresión de la clase capitalista contra la clase trabajadora, pues ésta última siempre dependerá de la clase empresarial para poder subsistir y, además, la clase capitalista, al tener a su merced al Estado y sus políticos, provoca que las leyes sean siempre favorables a la clase empresarial y vayan contra los intereses de la clase trabajadora.

¿De dónde sale el beneficio de la clase empresarial? La clase trabajadora, al trabajar para el empresario de turno lo que hace es generar un beneficio para el empresario llamado plusvalía o plusvalor. ¿En qué consiste la extracción de la plusvalía de la clase trabajadora? Imaginemos que un trabajador utiliza un telar e hila algodón. El algodón que usa diariamente para hacer el hilado tiene un valor de 100 euros. El obrero trabaja diez horas diarias y genera un nuevo valor de 50 euros. De forma paralela, el desgaste del telar, la luz, el agua, etc.  provoca un incremento de unos 10 euros de valor. Si hacemos la suma con los datos anteriores, nos da como resultado que ese puesto de trabajo cuesta 160 euros. ¿Dónde queda, pues, la ganancia del empresario? El trabajador ha añadido 50 euros de valor con su trabajo en el hilado, pero el empresario NO devuelve ese valor producido por el trabajador, pues solo le pagará, en forma de salario, el mínimo indispensable para subsistir. Si este trabajador necesita una media de 25 euros para mantenerse diariamente (comer, vestirse, etc.), el empresario le pagará 25 euros, lo cual es equivalente a 5 horas de trabajo. De esta forma, el trabajador pasa 5 horas (la mitad de su jornada laboral) trabajando para producir su salario, y otras 5 trabajando gratis para generar una plusvalía que irá a parar al bolsillo del empresario. 

El capitalismo en la actualidad se enmarca dentro de una fase que llamamos “imperialismo”. ¿En qué consiste este capitalismo imperialista? Se nos presenta de forma no oficial, es decir, que el imperialismo actual no existe teóricamente, pero que en la práctica sigue expoliando países enteros (básicamente del llamado Tercer Mundo). Por ejemplo, Estados Unidos (y de forma similar la Unión Europea) ejerce un control casi total en muchos países del mundo debido a su poder económico, político y militar, así como su gran influencia en organizaciones internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. En el caso de la Unión Europea, las antiguas metrópolis (Francia, UK o España, por ejemplo) siguen controlando parte de la economía y de la soberanía de sus antiguas colonias. Según el revolucionario comunista ruso Vladimir Ilich Lenin, el capitalismo imperialista se caracteriza por cuatro grandes rasgos:
1-      La producción se concentra en monopolios, es decir, que unas pocas familias controlan casi toda la totalidad de los diferentes sectores de la economía.
2-      El capital financiero, es decir, el sector bancario, se convierte en la piedra angular de la economía de todos los países del mundo.
3-      La exportación de capital es mucho más importante que la exportación de mercancías, lo cual provoca que las grandes potencias penetren más en los países más pobres y los expolien aun más.
4-      La formación de grandes organizaciones internacionales, tales como el FMI o el BM, que tienen por objetivo repartirse el mundo y sus riquezas.

El capitalismo también se basa en la discriminación de todo tipo como forma de dividir a la clase trabajadora. Las mujeres siguen cobrando menos dinero que los hombres por hacer el mismo trabajo, los inmigrantes siguen siendo tratados como ciudadanos de segunda (a veces ni eso) que deben encargarse de los trabajos más duros y que nadie desea. Por no hablar de lo importante que es para el régimen capitalista el mantenimiento de la familia patriarcal como forma de mantener a la mujer sumisa tanto en el hogar como en el puesto de trabajo. Para que los hombres trabajadores pudieran producir eficientemente, desde el surgimiento del capitalismo en el siglo XVIII, se ha necesitado siempre una mano de obra gratuita –las mujeres- que se encargaran del trabajo reproductivo, de ahí la importancia del patriarcado para el capitalismo.

Y hasta aquí esta breve introducción al capitalismo. Esperamos y deseamos que la lectora mantenga el interés por formarse más en este tema y a partir de aquí considere oportuno leer más sobre este tema. La bibliografía sobre el tema aquí esbozado es, por suerte, muy extensa. 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Las mujeres en el Rif - por Iman

Las mujeres en el Rif
"Me llamo Iman, tengo 18 años y soy amazigh, concretamente rifeña, que es uno de los grupos étnicos más importantes del Norte de África. Aunque haya nacido en Barcelone, provengo de la tribu Ait Touzine, que está en Nador y es de las más grandes del Rif (Marruecos).
Crecer siendo rifeña es mucho más diferente que crecer siendo marroquí a secas. No hay confusiones en una casa amazigh, no hay crisis de identidad, siempre he sabido qué era y a dónde pertenecía, mientras que les demás marroquíes (exceptuando otros grupos étnicos no arabizados) se llaman a sí mismes árabes. Esto me hacía sentir un poco diferente a elles, aunque técnicamente somos la misma gente, con la misma sangre y cultura. Siempre he creído que sí, que les demás eran árabes, hasta que un día me adentré en el tema, y descubrí que la única razón por la que se llamaban a sí mismes árabes era la arabización.
La arabización es un proceso llevado por les árabes para destruir la identidad y cultura de los pueblos indígenas que invadieron durante la expansión islámica. La civilización árabe obligó y amenazó a la gente para que dejasen atrás toda su cultura y sus tradiciones, convirtiendose al Islam. La mayoría de la poblacion fue obligada a convertirse y a someterse a ese proceso, excepto unos cuantos grupos etnicos que se negaron rotundamente a ser esclavizados y a abandonar su cultura. Como les rifeñes (mi grupo etnico), que huyeron hacia las montañas y lucharon contra elles, aunque al final, la mayoria de elles accedieron a convertirse para poder vivir, pero jamás dejaron de lado su identidad.
Esa es una de las razones por las que los marroquies tienen esterotipades a les rifeñes radicales, racistas, salvajes o catetes.
Crecer en una casa rifeña es difícil, sobre todo si eres una mujer. Si la mentalidad marroqui (y todas es general) es bastante machista, no os podeis imaginar cómo es la rifeña. Les rifeñes suelen ser gente humilde y conservadora, de ahi que nos priven de muchas cosas a las mujeres rifeñas, sobre todo si vives en las montañas. He visto y escuchado miles de veces casos de chicas que cuando terminan la primaria, se quedan en casa a limpiar porque no hay dinero para mandarla a un buen colegio para que siga con sus estudios, dado que la cuestión educativa en Marruecos es pésima, y mucho más en el Rif, al ser una zona bastante marginalizada de Marruecos donde incluso en algunas partes no llega el agua ni la luz.
La cosa es que cuando esto pasa, las chicas se quedan en casa a aprender a hacer las tareas del hogar; sin embargo, cuando se trata de un chico, se hace todo lo possible para mandarlo a un buen colegio.
La cantidad de chicas que se han quedado sin un futuro por culpa de este mentalidad misógina es muy grande y espero que algún día todo esto cambie, que las mujeres consigamos recuperar nuestros derechos, como era antes de la invasión árabe.
El pueblo rifeño no es verdaderamente nada sin las mujeres. Desde  el principio hasta el final, las rifeñas ayudaron a parar la invasión árabe, y lucharon con todas sus fuerzas contra todo pueblo colonizador como les españoles en 1936, cuando intentaron invadir el Rif tirándonos bombas.

Es necesario que las mujeres del Rif nos ayudemos y conciencemos a nuestro entorno para conseguir que, en un futuro, ojalá cercano, el objetivo del feminismo deje de ser un sueño y se convierta en una realidad palpable."
La autora de este artículo es Iman y podéis encontrarla aquí: twitter.com/RlFFlAN; este artículo es el segundo de una serie de artículos sobre el pueblo amazigh, este en concreto sobre las mujeres en el Rif, que os iré trayendo a lo largo de las siguientes semanas. El primero, introductorio y de la mano de Iman, Sara (twitter.com/anarchistsara), Cheba Sara (twitter.com/sheitana_) y Manal (twitter.com/kadbenx), podéis encontrarlo aquí: http://pensandoenlila.blogspot.com.es/2016/07/las-imazighen-un-pueblo-que-resiste.html

sábado, 20 de agosto de 2016

Mujeres y fotografía: para nosotras, de nosotras - por Alba Pérez

"No todos los ojos miran igual tras el objetivo, igual que no todas las luces iluminan con la misma intensidad o no todos los ángulos muestras lo mismo. El arte es para todos, pero parece que nos han asignado lugares estáticos dentro de éste. El fotógrafo y la modelo, el director y la actriz, el pintor y la musa. El arte, del mismo modo, se ha convertido en algo invariable, lleno de polvo y monótona predictibilidad. Aun así es casi mágico, salir a la calle y ver a un grupo de chicas haciéndose selfies enfrente de un anuncio estereotipado y plástico de cualquier marca de ropa actual. Verlo es como escuchar susurros risueños entre gritos de guerra, porque no nos sometemos a las formas imposibles en las que nos retratan otros, hoy nos retratamos nosotras, poniendo caras, haciendo posturitas, mirando directamente a la cámara, mirando a cualquier punto menos el principal. Nos retratamos unas a otras, jugando con la magia del autoconocimiento, la solidaridad y la confianza. No todos los ojos miran igual tras el objetivo, y me pregunto qué pensará una fotógrafa buscando trabajo, abriendo una revista y que la bombardeen una retahíla de fotos de mujeres con una firma de hombre al final de la página, me pregunto qué pensará también la modelo, me pregunto si todas lo pensamos alguna vez.


Cindy Sherman

Pero hablemos de la magia, hablemos de que hemos estado siempre ahí, en la moda, en las revistas, en las guerras, hablando alto y claro con flashes buenos y malos y ojos abiertos para captarnos bien. Hablemos de Gerda Taro, que en su objetivo centró conflictos y batallas, hablemos de Cindy Sherman que hizo visible lo que nos habían impuesto como invisible con sus retratos a mujeres en actos cotidianos, sin esa sonrisa de metal frío y duro, sin esa belleza de cristal que se fragmenta en la mirada a fondo. Reales, como nosotras, como solo podríamos saberlo siendo, sintiendo, viviendo el ser mujer. Hablemos de los montajes de Barbara Kruger, protestas visuales del derecho a la mujer sobre su cuerpo, su batalla, la de una mujer contra un sistema, hablemos de ellas.



Barbara Kruger

Pero no solo hablemos del ayer, de las que estuvieron en sus formas más visibles o invisibles, hablemos también del hoy, de la bandera que ondeamos en cada superficie que intentamos conquistar, a golpe de flashes, a golpe de clicks, a golpe de poses reales e infantiles, de muecas que nos hacen facciones desproporcionadas, de sonrisas dentudas y de cuerpos desvergonzados, firmamos la bandera: con cariño de nosotras para las que más queremos, nosotras. Gritemos los nombres de las nuevas voces silenciosas que inundan  las galerías anónimas y nuestros Instagrams. Contemos como Ashley Armitage retrata a mujeres en la piscina, con pelos en los sobacos, en las piernas y en las ingles, con cuerpos parecidos y diferentes, con ropa y sin ropa, con maquillaje, sin él, con pegatinas, con purpurina, con sujetador y sin, comiendo, llorando, realidad. Hablemos de que Petra Collins hizo una colección dedicada a las chicas sacándose selfies, quizá luego las borraron porque no les gustaban, eso no importa. Pasémonos entre nosotras las fotos de Natalia Iguiñiz, retratando el rol de la mujer en la familia, redefiniéndolo.




Ashley Armitage

Y hablemos de ellas, y de muchísimas más, alto y claro, para que todas sepamos que existen, que podemos hacernos una foto sin llevar el bikini nuevo, sin meter barriga, sin estar perfectamente maquilladas, podemos jugar a ser otras, podemos simplemente hacernos una foto serias, entre nosotras, solas, a otras, a cosas, podemos probarlo todo.






Petra Collins

Una amiga me pide que le haga fotos, me alegra, porque serán nuestras, será ella, yo y los secretos que podemos compartir todas, las experiencias, los sueños, la esencia de ser quienes somos, y no saldrá en Vogue, ni será una valla publicitaria de Chanel, será mejor, será nuestra, nos la dedicaremos a nosotras mismas, con cariño y con ganas de vernos, para nosotras de nosotras."
Natalia Iñíguez


Alba Pérez - http://elvxrtedero.blogspot.com.es/ - twitter.com/AlbaTenenbaum

martes, 2 de agosto de 2016

Las "histéricas"

La histeria femenina era una enfermedad diagnosticada en la medicina occidental hasta mediados del siglo XIX. Los síntomas eran muchos: desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal… y “tendencia a causar problemas”.
¿Tendencia a causar problemas? ¿Estamos acaso ante una patologización de la rebeldía femenina? Mi respuesta, queridas, es que sí: la medicina no ha sido a veces más que una herramienta más de la sociedad para controlar a las oprimidas.

Véase si no el desarrollo de la frenología, ciencia que sustentaba la creencia de la supremacía blanca sobre el resto de las “razas”. Véase la ya superada clasificación de la homosexualidad como una enfermedad (y de la transexualidad, hoy día); la esterilización forzada de mujeres indígenas, discapacitadas y enfermas mentales… y, sin ir más lejos, la ablación del clítoris practicada en Occidente hasta el mismo siglo XX a las mujeres que se masturbaban, a manos de médicos cualificados.

Pero si estoy escribiendo esto es precisamente porque creo que el mito de “la histérica” va más allá de la misoginia en la Historia de la medicina. “La histérica” es, para mí, una mujer que ha existido siempre y que sigue existiendo; “la histérica” somos todas las mujeres en algún momento de nuestras vidas.

¿Por qué, si son hombres principalmente quienes golpean con el puño la mesa, somos nosotras las “histéricas” en cuanto levantamos la voz? ¿Por qué, si la mayor parte de crímenes violentos los cometen hombres, no existe semejante alarma ante el despertar de la “histeria masculina”?

Porque la “histeria masculina” es ira y la ira, en los hombres, se tolera e incluso se aplaude. 

La ira masculina es respetable; la ira masculina impone. La ira femenina, sin embargo, se desata “porque estás con la regla”; las mujeres no estamos enfadadas, las mujeres somos unas amargadas porque estamos “malfolladas”.

Así que yo reivindico el derecho femenino a enfadarnos, a levantar la voz; a rebelarnos y a ser asertivas y hacer respetar nuestro derecho a expresar nuestro desacuerdo con un mundo que nos presupone señoritas, siempre solícitas, siempre asintiendo.

Y reivindico la necesidad masculina de desaprender la agresividad, de dejar de ser los verdaderos “histéricos” e interiorizar métodos más sanos de canalizar vuestra ira que pegar gritos y asestar golpes.

Construyamos un mundo en que no existan “las histéricas”. Un mundo en que las mujeres nos enfademos y se nos tenga en cuenta, un mundo en que los hombres os enfadéis sin recurrir a la violencia.

sábado, 30 de julio de 2016

Las imazighen: un pueblo que resiste

Este será el primero de una entrega de cuatro artículos sobre el pueblo amazigh, en un intento por amplificar las voces indígenas del Norte de África. Este artículo nos lo traen Sara (twitter.com/anarchistsara), Cheba Sara (twitter.com/sheitana_), Manal (twitter.com/kadbenx) e Imane (twitter.com/RIFFIAN), cuatro jóvenes amazigh llenas de orgullo.
¿Quiénes son los imazighen?
Los imazighen son un pueblo nativo del Norte de África, uno de los grupos étnicos más antiguos de la historia, que ha sobrevivido a la colonización de varias civilizaciones, primero la fenicia, luego la romana, y finalmente la árabe, que tuvo un gran impacto en la identidad de muches norteafricanes de la época, y cuya influencia sigue vigente hoy en día.
La civilización árabe conquistó el Norte de África en el año 647 d.C., lo que desencadenó un proceso al que llamamos arabización. La arabización es un "lavado de cerebros", de manera que se obligaba a les natives a convertirse al Islam, y si se resistían, les esclavizaban. Estaban obligades a llamarse a sí mismes "árabes" para acceder a los estatus más altos de la sociedad. Toda persona que se convertía al Islam para sobrevivir a la invasión no sólo dejaba su propio pasado atrás, sino las costumbres y tradiciones de todo su grupo étnico, haciendo que este se desintegrara y perdiera unidad.
Por supuesto, no todo el mundo se rindió: algunos grupos étnicos se rebelaron contra les árabes y lucharon contra elles, como les rifeñes, que escaparon a las montañas. Gracias a su valentía y la de otros grupos étnicos (ishilhiyen, zayane, kabilios), hoy en día el Norte de África todavía conserva su milenaria cultura que les árabes una vez quisieron arrebatar, pero no pudieron.
Uno de los cambios más drásticos que se produjo con la llegada de la civilización árabe fue el del papel de la mujer en la sociedad.
En la antigua sociedad amazigh, las mujeres estaban al mando: ellas eran las jefas de las tribus, las que dirigían a les soldados (entre les cuales también había mujeres)... etc. Eran respetadas. La mujer disponía de privilegios que el hombre no tenía, como el de poder tener relaciones sexuales con varias personas antes del matrimonio. Desgraciadamente, con la conquista árabe se vieron obligadas a renunciar a ellos, ya que se tergiversaron las palabras del Corán mediante malas traducciones de parte de hombres para someter a las mujeres e imponer la supremacía masculina.

viernes, 22 de julio de 2016

Mujeres "masculinas"

Soy lesbiana, llevo el pelo corto “como un chico” y fui con traje “de hombre” a mi graduación del instituto.

En principio, a muchas esto no les hará levantar la ceja. Somos libres de llevar el peinado que nos plazca, de vestir como nos plazca y de hacer lo que nos plazca mientras no atentemos contra la libertad de nadie, dirán. ¿Qué importancia tienen tus elecciones personales mientras no le hagan daño a nadie?, me preguntarán. Algunas incluso me acusarán de pretender “llamar la atención” cuando escribo este artículo.
Y yo, sin embargo, me niego a dejar de escribirlo. Me niego a quitarles importancia a mis elecciones “personales” en un mundo en que, como dijo Kate Millett y no me cansaré de repetir, lo personal es político.

Cuando digo “lo personal es político” quiero decir que todas y cada una de mis elecciones “personales” vienen influenciadas, condicionadas, por una serie de expectativas y enseñanzas que la sociedad me ha impuesto o transmitido, según la presión que haya ejercido sobre mí en cada caso. Cuando digo “lo personal es político” quiero decir que la libertad es, como mucho, relativa en un sistema patriarcal que juzga en el mejor de los casos y se apropia directamente en el peor de ellos de los cuerpos de las mujeres.

Y nosotras, las mujeres arco iris en general y las lesbianas en particular, hemos crecido en un sistema que no sólo manda sobre nuestros cuerpos y nos obliga a odiarlos y controlarlos obsesivamente sino que impone sobre ellos unos cánones que van más allá de la delgadez impuesta o la blancura de la piel, por ejemplo. Nosotras sentimos más que nadie, más que ninguna otra mujer, la férrea atadura de los roles de género que se empeñan en encasillar nuestros cuerpos.
Porque la expresión de género de las mujeres no ha sido nunca de libre elección. El pelo largo, el maquillaje, los tacones, las faldas y los vestidos, el andar con ligereza y el sentarse con las piernas cerradas, la ausencia de vello facial y corporal… son múltiples las exigencias de una sociedad que construye lo que significa ser “mujer” basándose en falacias biológicas y lo traslada en forma de comentarios, publicidades, expectativas y representaciones sobre nuestros cuerpos.

Pero la expresión de género de las mujeres que, como dice Monique Wittig, no acabamos de ser mujeres es un tema todavía más peliagudo.
¿Que no acabamos de ser mujeres? ¿Desde cuándo amar a otra mujer te convierte a ti misma en menos mujer? Pues desde que “mujer” es una categoría cuya definición gira alrededor del hombre; desde que las mujeres, como la sociedad nos recuerda constantemente, existimos en un patriarcado para complacencia masculina.

Y si no somos mujeres del todo porque no cumplimos con los requisitos esperados de toda mujer, es decir, el existir por y para el hombre; ¿cómo hemos expresado históricamente esa ausencia de “mujeridad”? A través de una expresión de género que subvertía los cánones y jugaba con los roles como le placía.
Así, las lesbianas hemos sido tradicionalmente “masculinas” en un mundo que en el mejor de los casos evitaba y evita, y en el peor de ellos castigaba y castiga, la “masculinidad” en las mujeres. Nos hemos cortado o rapado el pelo; hemos vestido pantalones y hasta traje, corbata o pajarita; hemos engordado con menor preocupación (o la hemos disimulado); hemos cubierto nuestros pechos y dejado crecer el vello que florecía en nuestro cuerpo; e incluso hemos llevado calzoncillos.

Esta masculinidad no se ha expresado igual a través de las naciones, las razas o los géneros; así, por ejemplo, muchas lesbianas negras han visto cómo sus compañeras blancas las presuponían butch (palabra anglo que designa a las lesbianas “masculinas”) tan sólo por la menor feminidad asociada socialmente a su color de piel. Así, por ejemplo, muchas lesbianas trans han visto cómo se les exigía injustamente una mayor “feminidad” para compensar por ser, supuestamente, “menos” mujeres.
Pero si algo es cierto, si algo puede afirmarse, es que las mujeres en general y las lesbianas y otras chicas arco iris en particular hemos peleado por conquistar una expresión de género reservada a los hombres, una expresión de género caracterizada por una mayor comodidad y soltura habitando el propio cuerpo.

Es por eso que recordamos a mujeres como Lucía, la primera puertorriqueña en llevar pantalones. Es por eso que todavía hoy demuestra cierta rebeldía el llevar las axilas peludas o ir a la playa sin depilarse las piernas o las ingles. Es por eso que todavía hoy te arriesgas a recibir miradas de extrañeza o a ser directamente importunada si te pruebas ropa del departamento “de hombres” en las tiendas.
Por todo esto, para mí, cortarme el pelo “a lo chico” hace dos años y graduarme “vestida de hombre” hace uno supuso toda una pequeña victoria personal. Fue una muestra de orgullo para una chica que se lavaba todos los días la melena y se la echaba hacia atrás constantemente para vigilar su peinado, que no posaba de perfil ni se quitaba las gafas por encontrar que su nariz aguileña le daba un aire demasiado masculino a su cara, que no salía de casa con un solo pelo en el cuerpo, que adoraba las faldas y los estampados florales y el color rosa (y los sigue adorando, y demostrándolo en su vestimenta) y detestaba los chándales y las sudaderas.
No es que dejara de gustarme lo que ya me gustaba. No es que dejara de disgustarme lo que ya me disgustaba. Es que descubrí que, durante años, había habido algo más que mis gustos entre la masculinidad y yo; había existido, siempre, una presión social para ser lo más femenina posible.
Y, desde el momento en que me reconocí como lesbiana y empecé a salir del armario, esa obsesión con la feminidad impuesta se acentuó por no querer parecerme a esas “camioneras”, a esas “marimachos”. Recordaba con pavor como, en Primaria, nos metíamos con una compañera por jugar a fútbol y ser más “chicote”; veía cómo miraban los hombres y cómo desconfiaban las mujeres de las “bolleras” que no pasaban precisamente desapercibidas gracias a su expresión de género.
La culpa no era mía, desde luego. Yo solo intentaba desesperadamente seguir contando como mujer en un momento en que sentía, sin saberlo conscientemente, cómo mi orientación sexual chocaba inevitablemente con la definición tradicional de la “mujeridad”. Ya tenía bastante con aceptar esa nueva versión de mí misma como para darme de bruces encima con una imagen diferente en el espejo.

Pero pasaron los meses y el orgullo fue sustituyendo a la vergüenza. Pasaron los meses y conocí a algunas de esas “camioneras”, esas “marimachos”, y descubrí cuán maravillosas eran y cuánta valentía se advertía en la fidelidad que se tenían a sí mismas. También conocí lesbianas y bisexuales “femeninas” (femme, en inglés) y descubrí que no por seguir la norma nos acercábamos más a lo esperado de nosotras en cuánto a que nosotras nunca seríamos lo que se espera de una mujer y nuestra expresión de género no nos hacía, por tanto, menos lesbianas.
Así, llegó un día en que cada vez me importó menos alejarme del concepto preestablecido de mujer. Llegó un día en que me di cuenta de que yo no solo no conseguiría nunca, sino que tampoco quería, parecerme a esa mujer ideal que necesitaba el patriarcado para sobrevivir. Prefería ser una rebelde; prefería jugar con los roles de género, ponerme falda y tacones un día y zapatillas y pantalones otra, pintarme los labios puntualmente para ir a clase pero luego salir de fiesta “sin arreglar” (porque yo, compañeras, no necesito de ninguna pincelada de feminidad que me “arregle”; ni yo ni ninguna de nosotras).

Así, llegó un día en que dejé de avergonzarme de lo que era y empecé a apreciar la rica Historia de mujeres, “masculinas” o “femeninas” (y algunas, como yo, “masculinas” Y “femeninas”); que habían allanado el camino a las que veníamos después. Empecé a llevar esa Historia de valentía y orgullo, de resistencia ante un mundo que quiere aniquilarnos, impresa en la piel y envolviéndome como un aura de legitimidad llevara la ropa que llevara.

Hasta que un día, un chico me preguntó por qué me había cortado el pelo y yo no lo recordé que no era por ser lesbiana porque, sinceramente, un poco sí que era.

Y a mucha honra.